jueves, 26 de enero de 2017

Monstruo, pt II



No dejé de correr hasta llegar a mi casa. Subí a mi cuarto, cerré la puerta y lloré. ¿Qué había hecho? No debería haberle besado, ahora sabe que soy… Oí a mi padre subir las escaleras, y apresuradamente me limpié las lágrimas e hice como que estaba con el móvil. Me preguntó que si me pasaba algo, que por qué había subido tan rápido. Le dije que no, que no pasaba nada. No quise levantar la vista para que no se diera cuenta de que tenía los ojos enrojecidos. Me dijo que dejara el móvil y me pusiera a estudiar y salió de la habitación. Me volví a derrumbar.


Odiaba a ese chico. Y la razón de ese odio no era otra que la envidia que me daba. Envidia de su libertad, de poder actuar así sin miedo a que le juzguen. Envidia de no tener que aparentar ser algo que no eres. Él no tiene ni idea de lo que es llevar la ropa que tu padre decide que debes llevar, hablar y actuar como te dicen. Desde pequeño me han impuesto los gustos e inquietudes que debo tener. Me siento encerrado en mi propia vida, en mi propia casa, en mi propio cuerpo.


Soy consciente de que no debería haber hecho lo que hice, pero ya no hay vuelta atrás. Confío en que no se lo contará a nadie, aunque sea por miedo. Ha sido un calentón y punto, no volverá a repetirse. O eso creía. Estuve una semana sin ir a clase, no quería verle. No podría soportar su mirada, ¿cómo me miraría? Ya no lo hará asustado como lo hacía antes, ya no me teme, tiene algo que puede usar en mi contra. Estaba aterrorizado, con solo contarlo podría acabar con la reputación que llevo toda la vida currándome a base de sacrificios. Posiblemente nadie le creería, pero sembraría la duda y ya siempre estaría en el punto de mira.


Dos lunes después, volví. Llegué a clase, él ya estaba allí. Tenía intención de no mirarle, pero no pude evitarlo. Aquellos ojos azules me miraron con una mezcla de sorpresa y alegría. ¿Me habría echado de menos? Me sonrojé un poco, y traté de pensar en otra cosa para que no se me notara. En el descanso, cuando nadie miraba, le susurré que fuera al callejón a la salida. Pareció captar el mensaje, y creo que pensó que iba a volver a pegarle (como había estado haciendo para fabricarme una coartada y descargar mi frustración) para asegurarme de que no contaba nada, porque no volvió a mirarme y permaneció con la mirada baja, como con miedo.


Salió rápido de la última clase, y cuando llegué al callejón ya estaba esperándome. Empecé a andar hacia él, giré la cabeza, vi que no había nadie, volví a mirarle, y sin apartar mi mirada de sus ojos dejé caer mi mochila al suelo (él hizo lo propio), llegué hasta él y le besé contra la pared. Saboreé meticulosamente su lengua, mordí sus labios. Con una mano apoyada en la pared y la otra apretaba sus pantalones contra los míos. No había estado tan caliente en mi vida. Deseaba hacerle mío ahí mismo, me daba igual todo lo demás. Entonces él se separó. Me apartó suavemente de él, me sujetó por los hombros y me puso en su lugar, contra el muro. Me besó y sonrío. Sabía lo que iba a hacer. Cerré los ojos y disfruté, como jamás lo había hecho.


Nunca llegamos a ser nada. Nunca le hablé a nadie de él. Cuando el instituto terminó, no volví a verle. En el primer año de carrera conocí a la que ahora es mi mujer, por lo que no volví a tener relaciones con hombres, aunque a veces lo echo de menos, el primer amor nunca se olvida.

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