martes, 24 de septiembre de 2019

Muerte Por Cien Puñaladas

El diagnóstico es certero: muerte por cien puñaladas. Ni una más ni una menos, exactas. El trabajo de un profesional. Sin embargo, no todas son igual de recientes. La más antigua es claramente la del corazón. Sin duda fue el origen de todo. Después vinieron las demás, una a una, día tras día. Se puede apreciar que las que llevan más tiempo son más profundas. Luego van perdiendo fuerza, son casi rutina. La pérdida de sangre ha sido constante, perpetua. No puedo pretender que todo está bien cuando no es así.

Cuando emborracharse ya no es suficiente, porque cada día sigue amaneciendo sin que estés conmigo. Intentando matar el tiempo, tomando el camino a casa más largo para despejarme antes de volver al lugar donde fuimos felices. Y ahora no es de nadie. Lo que parecía ser un gran amor, uno que sería recordado por siempre, acabó no siendo más que una ilusión efímera. 

La primera puñalada la asestaste tú, directa e intensa. Las demás fueron obra mía. Cada vez que te recordaba. Quizás imitaba lo último que me diste, la punzada inicial. Una vez tras otra, durante semanas, meses, más de un año. Por todo el cuerpo, un total de noventa y nueve. Tras la centésima dejó de latir, de respirar, de vivir. Desangrado, exhausto, desesperado, agotado. 

Pero no soy yo el que yace en el suelo, si no el amor que sentía por ti. Ese jardín que empezó a crecer el día que te conocí. Que regabas con cada beso. Que iluminabas con cada mirada. Que florecía con cada “te quiero”. Que dejaste marchitar cuando te fuiste. Del que nunca más te preocupaste. Que olvidaste y hoy seguramente ni recuerdes. Pero hoy por fin ha ido en paz, también te ha olvidado a ti, aunque le hayan costado cien puñaladas. 

No es odio, pero tampoco es amor. Es simplemente indiferencia. Al fin y al cabo, si nuestra historia ha terminado, ¿por qué seguía escribiendo páginas?

lunes, 17 de diciembre de 2018

Mi salvavidas

Nunca pensé que pudiera perderte. Siempre fuiste mi refugio, el lugar al que volver cuando peor me sentía. Aunque otra ilusión me cegara, siempre estuviste ahí. Quizás alguna vez diera por hecho que ibas a estar ahí, por mí, pasara lo que pasase. Quizás es difícil valorar lo que siempre has tenido, lo que nunca pensaste que pudieras perder. Siempre fuiste mi salvavidas. El que me hace sonreír sólo con mirarle. El que me da seguridad, confianza. Al que me encanta picar, solo para acabar besándole. El que me eriza la piel solo con sentir sus labios. Al que no me cansaría de sentir a mi lado. La mirada más sincera. Lo más cercano al amor verdadero que he tenido. El único que no se cansa de mí a las semanas. Ni al mes. Ni al año. Ni dos ni tres. Esa persona a la que le pones tu película favorita, con la que estarías dispuesto a compartirlo todo. La que borracho se acuerda de ti, cada noche. Por la que lloras, y no por tristeza, si no porque la echas de menos. Porque añoras todos los pequeños oasis de felicidad que habéis vivido juntos. A la que has abierto las puertas de tu casa, de tu vida, de tu corazón. A la que miras, y te das cuenta de que cada pequeña imperfección lo hace perfecto. Que quieres una vida entera a su lado. Que lo que te ha querido y te ha demostrado, no lo ha hecho nadie más. Que es tu luz al final del túnel. Que es la persona con la que quieres despertar cada mañana. Que cuando todo va mal, cuando no queda nadie, está él. Mi salvavidas.

miércoles, 12 de diciembre de 2018

El león sin corazón

Entre en alcohol y las risas, dos jóvenes se encuentran por primera vez. Las miradas delatan: se gustan. Pero ninguno parece lo bastante seguro para dar el primer paso, por diferentes motivos. Son dos personajes completamente diferentes, opuestos. Y esa es parte de la química. El primero de ellos, el león sin corazón, con la confianza en sí mismo suficiente para no necesitar a nadie, derivando de ahí su problemática. Acostumbrado a construir relaciones sobre terrenos inciertos, teme que se derrumbe alguna más. Necesita que le aporten seguridad, pero no está dispuesto a aceptarla. Al menos no conscientemente. El segundo, sin embargo, tiene la cabeza más clara. O eso cree él. La falta de autoestima le hace anhelar alguien que le quiera, que haga lo que él no es capaz. Piensa que la mejor manera de aprender a valorarse es viéndolo en los ojos de alguien más. Cuán equivocado está. Un hombre de hojalata cobarde, cegado por el miedo a la soledad, pero con un corazón generoso. Estar dispuesto a compartir tu corazón no vale de nada si no hay alguien que lo quiera aceptar. O que sepa que quiere hacerlo. Puede que algún día llegue alguien con predisposición a compartir. O puede que el hombre de hojalata viva inmerso en su cobardía. Para siempre.

jueves, 22 de noviembre de 2018

Aunque no sea conmigo



quisiera saber cómo me recuerdas,

si me tienes como un bonito recuerdo,

o algo que quisieras olvidar.



quisiera saber si me piensas,

si alguna vez recuerdas mis labios,

al menos la mitad de lo que lo hago yo.



quisiera saber si te soy indiferente,

una mancha en el pasado,

algo que nunca se repetirá.



quisiera saber dónde fue lo que sentías,

tus ganas de verme, de besarme,

de cogerme la mano por madrid,

de parar el tiempo para seguir juntos.



quisiera saber qué sientes,

cuando oyes mi nombre,

cuando algo te recuerda a mí.



quisiera saber si te arrepientes,

si borrarías lo que hubo,

si desearías no haberlo empezado.



quisiera saber por qué el tiempo no te borra,

por qué sigo esperándote,

por qué sigo aquí.



quisiera que seas feliz,

ya sea con ella, con otra, con otro,

o simplemente contigo.



quisiera saber si me quisiste..

quisiera..

quisiera que me quisieras.




* * *

y no es por eso que haya dejado

de quererte un solo día.

estoy contigo aunque estes lejos

de mi vida.

por tu felicidad a costa de la mía.

* * *

martes, 20 de noviembre de 2018

Solsticio de Invierno



¿Cuánto tiempo tarda el corazón en superar una ruptura? ¿Qué es exactamente “superarlo”? ¿Dejar de echarte de menos? ¿Dejar de desear que vuelvas cada día?




Ya ha pasado un año desde que llegaste. Que te quise. Que rompimos. Que te fuiste. Te he olvidado lo suficiente como para olvidar por qué te necesitaba tanto. Cuánto dolían tus silencios. Cuánto sufrí por miedo a que se acabara, y cómo acabó sucediendo. No quiero recordar cuándo llegaste. Ni cuánto te quise. Ni por qué rompimos. Ni por qué te fuiste. Ni cómo me quedé, con el corazón en las manos, esperando que regresaras. Día tras otro, mantuve la esperanza. Sé que me querías, sé que tenías miedo. Pensé que acabarías volviendo, diciéndome que no podías estar sin mí. Que no querías estar sin mí. Por eso esperaba con la carita empapada que llegaras con rosas, mil rosas para mí.






No es la primera vez que te escribo, pero espero que sea la última. Al menos la última en la que las palabras brotan junto a lágrimas de tristeza. Quizás vuelva a escribirte, para decirte que soy feliz. Quizás te cuente que haya conocido a alguien. Quizás algún día alguien llene el vacío que dejaste. Quizás.

domingo, 15 de julio de 2018

Fecha de Caducidad

Una casualidad, una borrachera y una noche solitaria te trajeron a mí. Lo que no me dijeron es que nuestros días, aún antes de empezar, ya estaban contados. Una cruel cuenta atrás que no se detendría hasta tu partida. Cada día que paso conociéndote, memorizando tu risa, es un día menos para tener que decirte adiós. Desde que te vi, supe que serias mi siguiente error. La siguiente persona con la que ilusionarme, ser feliz, tocar el cielo, solamente para volver a caer, sentirme solo, y echar de menos.


Una relación con fecha de caducidad puede ser más dolorosa que una que no sabes cuándo va a terminar, en la que tienes miedo de hacer planes a largo plazo por si nunca llegan. Conoces exactamente el tiempo que tienes, y por eso te propones más disfrutarlo. Cada día cuenta, cada llamada, cada beso. Se cumplen más planes, ya que sabes que es ahora o nunca. Se vive el momento. Al fin y al cabo el amor es un juego, y hemos venido a jugar, ¿no? Pues juguemos. 

Si pudiera congelar un momento en el que vivir el resto de la vida, sería teniéndote encima, abrazados, desnudos y sudorosos. Ese instante de pasión, deseo y, quizás, amor. Ojalá pudiera tener tu presencia conmigo cada noche, besarte hasta que te duermas, sentirte conmigo, besarte al despertar. A veces la vida te da a probar pequeñas esencias que no te va a dejar volver a vivir. Y aún así, sabiendo que querrás más y no lo podrás tener, decides tomarlo. Porque mejor eso que no haberlo probado nunca, o al menos eso prefiero creer. 

Es curioso que lo que más tenemos sea lo que a veces más ansiamos: tiempo. Queremos más tiempo. Con toda la vida por delante, con años y años por vivir, sentimos la necesidad de tener más en el momento. De alargar los días como si fueran semanas. Que una noche contigo durara un mes. Que la semana que nos queda fuera como un año. Pero el tiempo no funciona así, es el que hay, y puedes invertirlo torturándote o disfrutándolo, y, sinceramente, ya tendré tiempo de lo primero cuando te vayas, así que me quedo con lo segundo.


Quizás algún día, alguna noche, me de por pensar en lo que te voy a extrañar, en las ganas que tengo de estar contigo, en la falta que me hace tu presencia. Pero entonces sabré, que volaste buscando tu propio destino, uno en el que no estoy yo, pero sí muchas otras personas, momentos, sorpresas, decepciones y felicidad. Y quién sabe, igual algún día nuestros caminos me vuelven a cruzar, o tal vez no. Es imposible saber si el destino guarda alguna posibilidad de volver a caminar a tu lado, pero estoy impaciente por descubrirlo.

lunes, 21 de mayo de 2018

No sé nada de ti.

No sé nada de ti. Hace meses que no sé nada. No sé quién eres, no sé quién soy. Lo único que soy capaz de recordar es cómo eras, cómo era yo cuando estabas ahí, cómo me hacías sentir. Ahora solo puedo fingir que todo va bien, que ya no pienso en ti, que ya no te echo de menos. Que no deseo cada día que vuelvas. Que no sigo esperando un mensaje tuyo. 

Me gustaría que vinieras y me dijeras que no has sido capaz de volver a querer a nadie más. Que nadie ha sido capaz de hacerte sentir lo que yo conseguí. Que te gustaría volver a tenerme a tu lado, que me has echado de menos. Pero sé que no sucederá, mientras me digo que aún existe la posibilidad.

Solo te das cuenta de lo feliz que eres cuando dejas de estarlo. No te das cuenta de lo enamorado que estabas hasta que le dejas ir. Que le quisiste tanto y tan fuerte, te dejaste caer tanto que ya no eres capaz de salir de ahí. El amor tarda tanto en llegar y se desvanece tan deprisa... 

Recuerdo una noche, hace no tanto, en la que verdaderamente te eché de menos. Todo iba a cámara lenta, la gente a la que le importo estaba conmigo, y todo era casi perfecto. Pero me faltaba un pequeño detalle. Me faltabas tú, entre toda aquella gente con tu sonrisa, deseándome un feliz cumpleaños.

Me gustaría que supieras que me cuesta la vida no hablarte, que me muero por oírte otra vez, que desearía correr a abrazarte, acariciarte, besarte. Y que cada vez que no lo hago, me parto en mil. Tan solo espero que de vez en cuando, tras un largo día, aunque sea solo un segundo, pienses en mí. En lo que fuimos, en lo que (quizás) nunca seremos.

Quizás hayas rehecho tu vida, hayas encontrado el amor con otra persona, que te da lo que yo no pude o supe darte. Algún día encontraré a alguien como tú. Solo puedo desearte lo mejor, aunque sea lejos de aquí. Y solo te pido un último favor: no te olvides de mí. 



jueves, 26 de enero de 2017

Monstruo, pt II



No dejé de correr hasta llegar a mi casa. Subí a mi cuarto, cerré la puerta y lloré. ¿Qué había hecho? No debería haberle besado, ahora sabe que soy… Oí a mi padre subir las escaleras, y apresuradamente me limpié las lágrimas e hice como que estaba con el móvil. Me preguntó que si me pasaba algo, que por qué había subido tan rápido. Le dije que no, que no pasaba nada. No quise levantar la vista para que no se diera cuenta de que tenía los ojos enrojecidos. Me dijo que dejara el móvil y me pusiera a estudiar y salió de la habitación. Me volví a derrumbar.


Odiaba a ese chico. Y la razón de ese odio no era otra que la envidia que me daba. Envidia de su libertad, de poder actuar así sin miedo a que le juzguen. Envidia de no tener que aparentar ser algo que no eres. Él no tiene ni idea de lo que es llevar la ropa que tu padre decide que debes llevar, hablar y actuar como te dicen. Desde pequeño me han impuesto los gustos e inquietudes que debo tener. Me siento encerrado en mi propia vida, en mi propia casa, en mi propio cuerpo.


Soy consciente de que no debería haber hecho lo que hice, pero ya no hay vuelta atrás. Confío en que no se lo contará a nadie, aunque sea por miedo. Ha sido un calentón y punto, no volverá a repetirse. O eso creía. Estuve una semana sin ir a clase, no quería verle. No podría soportar su mirada, ¿cómo me miraría? Ya no lo hará asustado como lo hacía antes, ya no me teme, tiene algo que puede usar en mi contra. Estaba aterrorizado, con solo contarlo podría acabar con la reputación que llevo toda la vida currándome a base de sacrificios. Posiblemente nadie le creería, pero sembraría la duda y ya siempre estaría en el punto de mira.


Dos lunes después, volví. Llegué a clase, él ya estaba allí. Tenía intención de no mirarle, pero no pude evitarlo. Aquellos ojos azules me miraron con una mezcla de sorpresa y alegría. ¿Me habría echado de menos? Me sonrojé un poco, y traté de pensar en otra cosa para que no se me notara. En el descanso, cuando nadie miraba, le susurré que fuera al callejón a la salida. Pareció captar el mensaje, y creo que pensó que iba a volver a pegarle (como había estado haciendo para fabricarme una coartada y descargar mi frustración) para asegurarme de que no contaba nada, porque no volvió a mirarme y permaneció con la mirada baja, como con miedo.


Salió rápido de la última clase, y cuando llegué al callejón ya estaba esperándome. Empecé a andar hacia él, giré la cabeza, vi que no había nadie, volví a mirarle, y sin apartar mi mirada de sus ojos dejé caer mi mochila al suelo (él hizo lo propio), llegué hasta él y le besé contra la pared. Saboreé meticulosamente su lengua, mordí sus labios. Con una mano apoyada en la pared y la otra apretaba sus pantalones contra los míos. No había estado tan caliente en mi vida. Deseaba hacerle mío ahí mismo, me daba igual todo lo demás. Entonces él se separó. Me apartó suavemente de él, me sujetó por los hombros y me puso en su lugar, contra el muro. Me besó y sonrío. Sabía lo que iba a hacer. Cerré los ojos y disfruté, como jamás lo había hecho.


Nunca llegamos a ser nada. Nunca le hablé a nadie de él. Cuando el instituto terminó, no volví a verle. En el primer año de carrera conocí a la que ahora es mi mujer, por lo que no volví a tener relaciones con hombres, aunque a veces lo echo de menos, el primer amor nunca se olvida.

Monstruo, pt I



Desde que llegué al instituto noté que era diferente. No encajaba con los demás chicos, no me sentía cómodo con ellos. No me gustaba su forma de ser ni de actuar. Siempre estaba con mi amiga de toda la vida, a la que conozco desde que tengo uso de razón. Nunca he sido muy masculino, ni he querido serlo. Antes, ni siquiera sabía qué era eso, unos cánones impuestos que desconocía. Siempre he sido como soy, sin pensar en si era como debería ser. Vivo solo con mi madre, y ella nunca me ha impuesto nada. Visto, hablo y actúo como soy. Y no sabía que eso podría ser un problema para los demás.


Acabo de empezar mi cuarto año, y hay algo que no va bien. Hay un chico nuevo en mi clase, un repetidor, que no deja de mirarme. Lo hace con cara de asco, como si le hubiera hecho algo. A veces le oigo susurrar a su amigo, que ha repetido con él, justo después de mirarme, alguna frase que contiene la palabra “maricón”. Después risas, y vuelta a mirarme. Hago como que no me doy cuenta, intento no darle importancia. Pero sí que la tiene, al menos para mí. No puedo parar de pensar en ello de vuelta a casa. ¿Por qué lo hacen? No soy capaz de entenderlos. Mi amiga dice que no les haga caso, pero no puedo evitarlo.


Me duele, me duele mucho. Me duele tanto porque el chico que me hace esto es el mismo del que llevo enamorado casi dos años. Siempre lo he visto por los pasillos, metiéndose en líos. Adoro su sonrisa, moriría por poder tocar su cuerpo. Sé que no es para mí, pero no hay nadie como él. Y que ahora que sabe de mi existencia, se dedique a reírse de mí, es doloroso. No puedo dejar de mirarle en clase, y cuando él se gira y sus ojos se clavan en los míos, siento como el corazón me da un vuelco, y él se gira para hacer otra broma sobre mí. Agacho la vista, me hacen sentir tan fuera de lugar, solo quiero desaparecer.


Luego empezaron a ir más allá, y un día me esperaron a la salida, cuando no había nadie más. Me llevaron a la parte de atrás y se me empezó a encarar. Tenerle tan cerca hacía que pudiera sentir la sangre corriendo por mis venas, y a la vez, estaba aterrorizado. Intuía que me iba a pegar. Empezó a insultarme, a increparme por mi ropa, por mi manera de andar, por mi forma de hablar. Me sentí humillado. Por primera vez sentí que estaba mal ser como soy. Me empujó, me caí al suelo y lloré. Él se limitó a reírse, darse la vuelta y largarse, siempre con su aliado detrás, apoyándole. No le hablé a nadie de ello, no volvió a hacerlo hasta un par de meses después.


Era época de exámenes, y todos andábamos nerviosos. Cuando aún nos quedaban unos cuantos por hacer, empezaron a llegarnos las notas de los primeros que hicimos. Yo tenía todo aprobado con algo de nota, así que no estaba demasiado preocupado. Pero él había suspendido todos, y por su actitud, no parecía que fuera a haber mucha diferencia en los venideros. No parecía importarle, incluso bromeaba de ello con sus amigos. El día que nos entregaron el examen de matemáticas, volvió a fijar su objetivo en mí. La profesora hizo una mención especial a mi examen, que había resuelto casi a la perfección. La cara de odio con la que me miró no la olvidaré jamás.


Me esperó a la salida, pero a diferencia del resto de ocasiones, esta vez estaba solo. Me llevó a la parte de atrás, un callejón por el que nunca pasa nadie. Se acercó a mí y me preguntó a voces que cómo era tan repelente. Que por qué era así, que si no me daba vergüenza. Que si no me daba cuenta de que todo el mundo sabía lo que yo era. Que por qué aprobaba todo. Que por qué se me daban tan bien las matemáticas. Que por qué era tan… tan… tan… Me besó. Sentí sus labios pegados a los míos, y un escalofrío recorrió toda mi columna vertebral. Se separó un segundo, me miró a los ojos, agarró mi cabeza por detrás con su mano y volvió a besarme, con lengua aquella vez. Dejé de sentir mi cuerpo, y comencé a notar el suyo. Recorrí con mis manos su fuerte espalda, y fui bajando poco a poco. Cuando llegué a su pantalón, se detuvo de golpe, se apartó de mí y se fue corriendo.


“- Continuará”.

martes, 10 de enero de 2017

Rosas (MásVeinticuatro)

¿Recuerdas aquella tarde de invierno, en la que tanto llovía, que acabamos subiendo a mi casa? El mundo entero desapareció para mí, tú lo eras todo. Por cada beso que nos dimos, una rosa floreció en mi jardín. El aroma que desprendían me obnubilaba por completo.

¿Te acuerdas cuando discutimos? Por cada lágrima que de derramaba por mis mejillas, un pétalo caía, marchito. Al final conseguías que te perdonara y decidiera seguir adelante, pero esos pétalos ya no volvían a crecer.

Hoy has vuelto a casa, enfadado como siempre, cansado de que machaquen en el trabajo. Intento hacerte la vida más fácil, pero no lo aprecias. Solo ves mis errores, lo que podría mejorar, lo que no te gusta de mí.

Hoy, una se ha puesto negra. En un solo segundo, oscureció y murió. Es tan solo una, no pasa nada. Pero mañana será otra, pasado serán dos. Una a una van cayendo todas, hasta solo quedar una en pie.

No pienso dejar que destroces esta última, me niego. He sido débil, re he dejado actuar a tu antojo, he sido cómplice de tu delirio. Pero se acabó, no pienso terminar así. Sé que no me vas a dejar marchar, no me lo vas a permitir, crees que soy tuya. No es así, soy mía, y que a ratos haya decidido compartirme contigo no te otorga mi posesión.

He mostrado todos las rosas negras a las autoridades. Pero han llegado demasiado tarde, él ha llegado antes, más enfadado que nunca. Le he dejado claro la decisión que había tomado, y eso ha desatado un amargo final diferente del que había imaginado. Cuando la policía llegó, todas las rosas del jardín se habían fundido a negro.


Amor Cuneiforme (MásVeinticuatro)



Estoy hecho para ti. Sí, suena extraño. Quizás empalagoso. Lo más probable es que no me creas. Pensarás que es una frase hecha, que lo digo por decir, pero no es así.


Cada vez que algún ser querido se fue, me ha hecho aprender a valorar a la gente que tengo en mi vida día a día.


Cada vez que me echaron en cara que no era detallista, hacen que ahora me fije en muchas cosas que antes no hacía, y te encanta.


Cada vez que me abandonaron por no abrirme y expresar mis sentimientos, ayudan a que hoy te lo cuente todo, y juntos superemos cualquier obstáculo.


Me siento como una piedra cincelada a base de golpes, pero que gracias a ello hoy encajo contigo, con tus muescas.


Como aquella que te hicieron de pequeña cuando tu tío se intentaba acercar demasiado a ti, y hoy te ha hecho desconfiada.


O cuando aquel chico te hizo caer rendida a él sólo buscando tu cuerpo, y te ha hecho que hoy te alejes de la gente así.


Pero la vida sigue dándonos cinceladas día a día, y es, cuanto menos improbable, que sigamos encajando por mucho tiempo. Pero quién sabe si ahora mismo otra persona está siendo tallada para mí.

Amor Cuneiforme

Juntos (MásVeinticuatro)

Esa vieja cafetería, qué acogedora es. Decorada de forma hogareña, con madera, con cariño. Y en la mesa: mi café, el tuyo. Delante de mí sólo estás tú. Tus grandes ojos negros.


Me das la mano y me sacas de allí. Me llevas a tu casa, me besas. Me desabrochas la camisa mientras me sigues besando. Terminas conmigo, y me besas por última vez antes de caer dormida. Me llevas al parque, al río, a una exposición tras otra. Me llevas al cine, y me tomas la mano cuando la escena se pone ñoña. Me llevas de compras, y me regalas ese gorro que se me antoja. Paseas conmigo, por la calle bulliciosa, y sólo puedo verte a ti. Entre tanta gente, entre tantas posibilidades, sólo me vales tú. Nos mudamos juntos, compramos juntos, limpiamos juntos, disfrutamos juntos. Me quedo embarazada juntos, tenemos juntos a nuestro regalo. Le amamos tanto. Tiene tu nariz. Y mi mal genio. Crece ante nosotros, rápido, sin preocupaciones. No nos damos cuenta, pero nosotros crecemos rápido también. Se hace mayor, se va de casa, volvemos a estar solos, pero juntos. Decides dejar de taparte las canas, y nos teñimos juntos de blanco para dar paso a nuestra etapa final.


Parpadeas. Salgo de mi absorta imaginación. Me miras con extrañeza y dulzura. Tomó el café y sonrío, dando un trago. Estoy listo para empezar esta nueva aventura, contigo.

domingo, 20 de noviembre de 2016

Que te vayas. (MásVeinticuatro)



Que sí, que te vayas.


Que no, que no vuelvas.


Que no me voy a morir por dentro cuando me faltes, ni me va a doler el vacío que dejes en mi interior.


Que me da igual pasarme noches enteras llorando porque no estás conmigo, porque ya no están tus manos para protegerme.


Que no me importa que no vuelva a ser tu sonrisa lo primero que vea cada mañana.


Que puedes irte tranquilo, que me da igual si no vuelvo a verte, a sentirte.


Que no voy a echar de menos tus besos, tus caricias, que te preocupes por mí, que me enseñes a ser feliz.


Que no te perdono lo que me hiciste. Que no voy a soportar otra humillación. Que no voy a tolerar que me degrades. Que no soy tuya. Que porque decida compartirme contigo no te pertenezco. Que no puedes controlar mi vida.


Que no me importa que llores. Que no quiero tus disculpas. Que no me creo tus palabras. Que no puedo seguir con esto. Que no quiero depender de ti. Que tus promesas ya no sirven de nada.


Que puedes cambiar. Que puedes arreglarlo. Que puedes volver cuando me hacías feliz. Que no ha sido para tanto. Que no volverá a ocurrir. Que ya pasó. Que no sirve de nada vivir en el pasado. Que todo va a ser distinto ahora. Que nunca me vas a perder. Que siempre voy a estar aquí. Que estamos hechos el uno para el otro. Que podría vivir sin ti, pero no quiero.


Que no te necesito, que no me importas.


Que (no) te vayas.

Que te vayas

miércoles, 16 de noviembre de 2016

Liberación (MásVeinticuatro)


Solo hay una persona a la que odie en este mundo. Es la que más daño me ha hecho, aunque a la par sea la que me ha dado la oportunidad de vivir cada buen momento. Pero, hasta en esos preciosos instantes, ha estado recordándome todo lo que no soy, todo lo que no tengo. Le encanta recordarme que no tengo el cuerpo perfecto, que debería comer menos, que debería hacer más ejercicio, que debería sacrificar parte de mi felicidad en conseguir la aceptación de los demás. Que no debería contestar como lo hago, que no debo dejar al descubierto mis sentimientos, que no debo decir lo que pienso. Que no debo ser yo. Que no debo ser diferente, que no debo destacar. Me mata por dentro, las palabras me taladran y me deshacen.


Son esos momentos de felicidad, en los que aparece y me destroza. "Pero mírate, si estás gorda, qué haces con esa ropa; tápate, nadie quiere verte así". "Están contigo por pena, porque no tienes nadie más con quien ir y se sienten obligados a admitirte en su grupo, no te quieren aquí". "A nadie le importa lo que pienses, no quieren saber de tu vida, de lo que sientes; cállate y no llames la atención".


Duele. Vaya, que si duele... Por dentro y por fuera de la piel. Me castiga, con esa afilada cuchilla, recorre mi piel dejando dolor, para que sepa que lo estoy haciendo mal. Que no debo ser así. Que no debo pensar así. No. No. No. Otra gota de sangre recorre mis muslos hasta mis pies, al mismo tiempo que las lágrimas llegan a mi barbilla.


La vergüenza me consume como a una colilla. Mi vida es un cigarro en las últimas, a punto de apagarse. Soy consciente de lo tóxica que es nuestra relación. Y por eso, hoy he decidido ponerle fin. Voy a dejarla. De una vez por todas, necesito ser feliz. Quién quiere un futuro si está lleno de tormento y sufrimiento. He esperado a que estuviera en la bañera para ejecutar mi jugada final. La he agarrado fuerte y le he sesgado los brazos. Nunca había sentido tanta paz, tanta liberación. Sentía como mis fuerzas se iban debilitando, poco a poco, a medida que me desangraba hasta que, por fin, dejé de ser presa de mis demonios.

Liberación

Ángel Caído (MásVeinticuatro)


He crecido toda mi vida pensando que solo me gustaban las chicas. Hasta este año. Hay un chico en mi clase, Tray. Cada vez que lo veo algo dentro de mí se revuelve, nunca había sentido esto con nadie. Me paso las horas embobado, mirándole. Su marcada mandíbula, sus oscuros ojos, su corto pelo, su ancha espalda... Adoro mirarle y, al hacerlo, no puedo evitar que mi mente nos imagine, a él y a mí, solos, en un lugar que no puedo reconocer. Piel con piel, sus labios cerca de los míos. Dios mío, sus labios. Son el manjar más delicioso que deseo probar. Sentir su respiración en mi cuello, agarrarle de la cintura como si me fuera la vida en ello. Cuando estoy a solas en mi cama, su imagen viene a mí y finjo que mis manos son las suyas y les dejo total libertad por mi cuerpo. Deseo tan fuerte que sea mío. Cierro los ojos, tomo aliento y está conmigo. La cama arde con nosotros como combustible y en medio de las llamas grito su nombre. Por unos segundos el dolor desaparece, pero cuando vuelvo a abrir los ojos ha desaparecido.


Siempre está con esa chica que le espera en coche a la salida, seguro que es su novia. Es guapísima, he de reconocerlo, pero no hay nadie como él. Una noche, volviendo a mi casa, caminaba por una zona bastante transitada los fines de semana, pues hay varios locales. Uno de ellos es el pub gay más conocido de la ciudad. Alguna vez he pensado en entrar y amar fugazmente a un desconocido para así intentar ubicar mi sexualidad, pero es algo tan artificial que me produce repulsión. Estos pensamientos rondaban mi cabeza cuando vi a Tray, con esa chica, fumando fuera del local. ¿Era gay? Aunque lo fuera, no creo que se fijara en mí. Quizás fuera la emoción del momento, la esperanza de un futuro juntos, lo que me hizo decidir ir a él, hablarle, conocerle. Empecé a cruzar la calle, con el corazón acelerado por la adrenalina, cuando sonó el primer disparo.


Me pitaban los oídos, no comprendía qué pasaba. Los gritos y el resto de disparos sucedieron muy rápido, no era capaz de procesar lo que estaba sucediendo. Me quedé parado, en medio de la carretera, mirando fijamente a Tray. En la nube de disparos, cayó al suelo. No podía saber si se había tirado para evitar que le dispararan o es que le había alcanzado una bala. Desesperado corrí hacia él, olvidando que el asesino debía seguir por allí. Llegué a donde estaba, me arrodillé ante él, le sostuve la cabeza con mis manos, como tantas veces había fantaseado hacer, y le besé. Al menos moriría siendo amado. La sangre bañaba su camisa y el charco empezaba a extenderse a su alrededor. Confieso que estoy perdido, idiota y débil. Creo que es una prueba, creo que es el mayor caos. Miro a sus ojos, es un ángel caído. ¿Dónde están nuestros líderes? ¿Cómo pueden permitir que esto suceda? ¿Acaso su color de piel o su preferencia a la hora de amar son motivos para cometer tal delito de odio? Daría mi vida por la suya, preferiría salvarle, mi ángel caído.

Un Millón de Razones (MásVeinticuatro)



La vida me está dando un millón de razones para querer abandonar. Anoche, después de irme de casa ante el rechazo y la incomprensión de mis padres por mi forma de amar, cogí el coche para irme lejos, lo más lejos que pudiera. Las lágrimas empañaban mis ojos, el llanto apenas me permitía respirar, me quería morir. Quería desaparecer; nadie me iba a echar en falta.


Era noche cerrada y no había nadie en la calle. Callejeando por lugares desconocidos, buscaba algo a lo que aferrarme, algo que me diera un motivo para seguir adelante. Y lo encontré, al menos por un segundo. Giré la cabeza y te vi, andando mientras mirabas al suelo. Pude sentir tu dolor; algo te afligía, éramos iguales. No podía apartar la vista de tu cuerpo... y a través del retrovisor quedé prendado de ti. Levantaste la mirada hacia mi dirección y el corazón me dio un vuelco. Una intensa luz llenó mis ojos, un estridente sonido inundó mis oídos y un indescriptible dolor me golpeó desde el lateral.


Aquí estoy ahora, en la cama de este hospital, tras severas operaciones. No puedo hablar ni ver, la sedación es muy fuerte, pero oigo todo lo que sucede. No hay buen pronóstico para mí. Posiblemente no pueda volver a andar y la posibilidad de daños internos a largo plazo es alta. Tengo mil millones de razones para querer abandonar, simplemente dejarme marchar. Pero solo necesito una buena para quedarme, y esa eres tú. Hoy te he oído llegar, como cada mañana, a hacerme compañía y hablarme de ti. Aunque no me conozcas de nada, hablas de la conexión que sentiste, y a través de todo el dolor quiero quedarme... contigo.

lunes, 19 de septiembre de 2016

Vino Afrutado (MásVeinticuatro)

Mi mamá es la mujer más guapa del mundo. Sé que aún soy pequeño y no he visto a todas las mamás del mundo, pero estoy seguro de que lo es. Muchas noches, cuando llega, finjo estar dormido y cuando está sentada frente a su espejo, la miro desde el marco de la puerta. Veo como se quita el maquillaje, con esos suaves algodones y esos líquidos de botes de colores. Siempre llora cuando lo hace, pero no entiendo por qué. Nunca la he preguntado porque es un secreto que esté despierto a esas horas. Cuando se pasa el algodón por el ojo, su piel deja de ser clarita como es siempre y pasa a ser oscura, como morada. Otras manchas suelen aparecer por sus mejillas, en sus labios, e incluso a veces en su cuello. Los ojos se le enrojecen y se tapa las heridas con su largo pelo rubio. Cuando llora mucho, mi padre se levanta de la cama y se acerca a ella, y le besa cada una de ellas. 

Mi padre tiene un carácter difícil. Suele gritar mucho cuando se enfada. Nunca lo hace delante de mi, siempre cierra la puerta y grita a mi madre, que suele acabar llorando. No entiendo qué es lo que le enfada tanto, pero da un poco de miedo cuando se pone así. Normalmente es un hombre tranquilo, amable, siempre dispuesto a ayudar a todo el mundo. Tiene muchos amigos con los que sale algunas tardes, mientras yo me quedo con mis abuelos. Cuando se encierran en la habitación y mi padre grita a mi madre pienso que no se quieren. Yo a mi gatito le quiero mucho y nunca le gritaría así. Pero por las noches, cuando les miro en secreto, veo que se quieren más que a nada. 

Últimamente mi madre no va a trabajar. Se queda en la cama todo el día, duerme mucho. Hoy me he quedado en casa con ella en vez de irme con mis abuelos porque papá me ha pedido que cuide a mamá. Mientras estaba yo viendo la tele, mi madre se ha levantado de la cama y ha salido a la calle de detrás, donde casi nunca hay nadie. Desde la ventana he visto cómo un hombre la esperaba, vestido de deporte y con gorra, que le ha dado una bolsita transparente a mi madre. Parece que esperaba algo a cambio, pero como ella no tenía nada que darle, le ha pegado un puñetazo y se ha ido. Mi madre se ha caído al suelo, y mientras mis lágrimas empapaban en cristal, ha empezado a llover, poco a poco, sobre el cuerpo de mi madre tirado en la acera.

domingo, 28 de agosto de 2016

El Viaje (MásVeinticuatro)

Quiero huir. Dejarlo todo atrás. Atrás para siempre.

No quiero volver, no quiero volver, no puedo volver.

Compro un billete de tren. Sé que no debería.

Sin pensarlo más, cojo el tren. Va muy rápido. Me mareo.

Todo da vueltas. A través de la ventanilla no se ve nada.

Cada vez va más y más deprisa. Siento una arcada.

Parece que decelera, o al menos no ya no acelera.

El vagón es muy pequeño, me agobia, no puedo respirar.

Quiero salir. No puedo, no puedo, no debo.

Fundido a negro, parece que paso un túnel.

Cada vez respiro más despacio, me siento como si flotara. 

Todo ha desaparecido, el dolor, la angustia.

Nada me importa, soy libre, soy libre, soy feliz.

Salimos del túnel, la realidad vuele a golpearme.

Ya no floto, y siento una punzada de dolor detrás de la cabeza.

El dolor persiste, se intensifica, me taladra por dentro.

Apenas respiro, me falta aire, necesito aire.

Todo se tambalea, miro por la ventana, solo se ve mar.

El tren ha llegado al mar y no se detiene, se adentra.

El nivel del agua va superando la ventanilla, me sumerjo.

Entonces la locomotora se detiene, para siempre.

No puedo moverme, tengo los ojos abiertos fijos en el agua.

Pero... no es el mar, es el fondo de un retrete.

No es un vagón, es un cuartucho de baño.

No es un billete, es un blíster de pastillas.

No era una locomotora, era mi corazón.




domingo, 7 de agosto de 2016

Celos (MásVeinticuatro)

Siempre he sido una persona celosa. Odio que se apropien de lo que considero mío. Y eso me pasaba con ella. No era mía, pero sí el privilegio de que cada mañana me eligiera a mí como su compañero. Que decidiera compartirse conmigo. No necesitaba poseer su cuerpo, me bastaba con su corazón. Todo era perfecto, casi demasiado para ser real. Viví en esa burbuja bastante tiempo, el suficiente para acostumbrarme a ella. Me amoldé a su forma de ser, a sus necesidades, sus gustos, sus pequeñas manías y sus enfados. Sabía que si discutíamos, lo más probable es que yo me hubiera equivocado. No creo que la faltara de nada, y menos aún de cariño, pues la brindaba con todo el que poseía, servido en bandeja de mi más sincero romanticismo. 

Pero últimamente la noto distinta, ausente. Como si pensara en otro cuando está conmigo. Alguien que no puede quitarse de la cabeza, que la está conquistando poco a poco, en su interior. Es posible que le aporte algo distinto a lo que yo la tengo habituada, al fin y al cabo somos seres de costumbres y tendemos a acabar sumiéndonos en la rutina. Siempre que la pregunto me responde con evasivas, no quiere tratar el tema. Me duele verla tan distante. Ya no ríe de forma sincera, con esas carcajadas que inundaban mis oídos de alegría. No se muestra predispuesta a organizar grandes planes juntos, de esos que organizas con meses de antelación para que todo salga perfecto. Llora mucho por las noches. Cree que no la oigo, que ya estoy dormido, pero puedo sentir su dolor. Me parte el alma verla desmoronarse. Sabe que estoy para apoyarla, pero no me lo pide. Quizás no crea que estoy preparado para afrontar la verdad. 

Cuando llegue del trabajo, ella ya no estará. Los celos me consumirán. Por qué no me ha elegido a mí. ¿Tenía acaso elección? Seguro que se ha visto obligada a abandonarme. O quizás simplemente se cansó. Dios sabe que luché por ella, desde que supe de su existencia hasta el momento en el que me abandone. Y ese momento llegará. No lo podré soportar, la necesito de vuelta, no sé qué hacer sin ella. Seré el barco que se estrella contra las rocas porque el faro se ha fundido y no puede indicarle el camino. Es una pérdida de tiempo buscar responsables de los hechos. Al fin y al cabo, cuando sientes celos de la muerte, ¿a quién debes culpar?

domingo, 24 de julio de 2016

El Girasol (MásVeinticuatro)

Había una vez, en una amplia llanura, un inmenso campo de girasoles. Pero había uno en concreto, que era especial. Cada día era igual: seguir con la mirada fija el sol, una y otra vez. La monotonía le consumía. Se sentía tan solo pese a estar rodeado de miles de compañeros, que un día se empezó a marchitar. Apenas se nutría, y sus hojas empezaron a debilitarse. Los insectos se percataron y aprovecharon para alimentarse a su costa. "Qué más da", pensaba. "Nadie se preocuparía por mí si desapareciera". Algunas veces, cuando su endeble tallo apenas podía sostener sus pálidas y roídas hojas, escuchaba sonidos tras él. Era una especie de llanto, algo como un lamento. Siempre pensó que eran imaginaciones suyas. 


Una noche descubrió la verdad. Algo le hizo girarse y descubrió algo que le dejó asombrado. Detrás de él crecía el girasol más bonito que había visto en su vida. Pudo ver que llevaba tiempo llorando lágrimas en forma de semillas, que llenaban el sueño tras él. Había estado sufriendo por su decadencia, verdaderamente había alguien para él, aunque no hubiera podido verle hasta ahora. Pudo ver en sus sonrojadas hojas ahora que entablaban contacto visual que estaba enamorado de él, y a saber cuánto tiempo llevaría amándole sin él saberlo. Se sintió el ser más feliz del universo.


Y siguió sintiéndose así, pese a todo. Pese al viento que les zarandeaba con furia. Pese al intenso calor que iba en aumento. Pese a la razón por la que había podido girarse en mitad de la noche. Pese a que las llamas se acercaban voraces consumiendo uno tras otro a sus compañeros. Cuando les llegó el turno, no pudo ser más feliz. Juntos, por siempre, entrelazados en forma de cenizas, surcaron el cielo en busca de su ansiada libertad.