miércoles, 16 de noviembre de 2016

Liberación (MásVeinticuatro)


Solo hay una persona a la que odie en este mundo. Es la que más daño me ha hecho, aunque a la par sea la que me ha dado la oportunidad de vivir cada buen momento. Pero, hasta en esos preciosos instantes, ha estado recordándome todo lo que no soy, todo lo que no tengo. Le encanta recordarme que no tengo el cuerpo perfecto, que debería comer menos, que debería hacer más ejercicio, que debería sacrificar parte de mi felicidad en conseguir la aceptación de los demás. Que no debería contestar como lo hago, que no debo dejar al descubierto mis sentimientos, que no debo decir lo que pienso. Que no debo ser yo. Que no debo ser diferente, que no debo destacar. Me mata por dentro, las palabras me taladran y me deshacen.


Son esos momentos de felicidad, en los que aparece y me destroza. "Pero mírate, si estás gorda, qué haces con esa ropa; tápate, nadie quiere verte así". "Están contigo por pena, porque no tienes nadie más con quien ir y se sienten obligados a admitirte en su grupo, no te quieren aquí". "A nadie le importa lo que pienses, no quieren saber de tu vida, de lo que sientes; cállate y no llames la atención".


Duele. Vaya, que si duele... Por dentro y por fuera de la piel. Me castiga, con esa afilada cuchilla, recorre mi piel dejando dolor, para que sepa que lo estoy haciendo mal. Que no debo ser así. Que no debo pensar así. No. No. No. Otra gota de sangre recorre mis muslos hasta mis pies, al mismo tiempo que las lágrimas llegan a mi barbilla.


La vergüenza me consume como a una colilla. Mi vida es un cigarro en las últimas, a punto de apagarse. Soy consciente de lo tóxica que es nuestra relación. Y por eso, hoy he decidido ponerle fin. Voy a dejarla. De una vez por todas, necesito ser feliz. Quién quiere un futuro si está lleno de tormento y sufrimiento. He esperado a que estuviera en la bañera para ejecutar mi jugada final. La he agarrado fuerte y le he sesgado los brazos. Nunca había sentido tanta paz, tanta liberación. Sentía como mis fuerzas se iban debilitando, poco a poco, a medida que me desangraba hasta que, por fin, dejé de ser presa de mis demonios.

Liberación

Ángel Caído (MásVeinticuatro)


He crecido toda mi vida pensando que solo me gustaban las chicas. Hasta este año. Hay un chico en mi clase, Tray. Cada vez que lo veo algo dentro de mí se revuelve, nunca había sentido esto con nadie. Me paso las horas embobado, mirándole. Su marcada mandíbula, sus oscuros ojos, su corto pelo, su ancha espalda... Adoro mirarle y, al hacerlo, no puedo evitar que mi mente nos imagine, a él y a mí, solos, en un lugar que no puedo reconocer. Piel con piel, sus labios cerca de los míos. Dios mío, sus labios. Son el manjar más delicioso que deseo probar. Sentir su respiración en mi cuello, agarrarle de la cintura como si me fuera la vida en ello. Cuando estoy a solas en mi cama, su imagen viene a mí y finjo que mis manos son las suyas y les dejo total libertad por mi cuerpo. Deseo tan fuerte que sea mío. Cierro los ojos, tomo aliento y está conmigo. La cama arde con nosotros como combustible y en medio de las llamas grito su nombre. Por unos segundos el dolor desaparece, pero cuando vuelvo a abrir los ojos ha desaparecido.


Siempre está con esa chica que le espera en coche a la salida, seguro que es su novia. Es guapísima, he de reconocerlo, pero no hay nadie como él. Una noche, volviendo a mi casa, caminaba por una zona bastante transitada los fines de semana, pues hay varios locales. Uno de ellos es el pub gay más conocido de la ciudad. Alguna vez he pensado en entrar y amar fugazmente a un desconocido para así intentar ubicar mi sexualidad, pero es algo tan artificial que me produce repulsión. Estos pensamientos rondaban mi cabeza cuando vi a Tray, con esa chica, fumando fuera del local. ¿Era gay? Aunque lo fuera, no creo que se fijara en mí. Quizás fuera la emoción del momento, la esperanza de un futuro juntos, lo que me hizo decidir ir a él, hablarle, conocerle. Empecé a cruzar la calle, con el corazón acelerado por la adrenalina, cuando sonó el primer disparo.


Me pitaban los oídos, no comprendía qué pasaba. Los gritos y el resto de disparos sucedieron muy rápido, no era capaz de procesar lo que estaba sucediendo. Me quedé parado, en medio de la carretera, mirando fijamente a Tray. En la nube de disparos, cayó al suelo. No podía saber si se había tirado para evitar que le dispararan o es que le había alcanzado una bala. Desesperado corrí hacia él, olvidando que el asesino debía seguir por allí. Llegué a donde estaba, me arrodillé ante él, le sostuve la cabeza con mis manos, como tantas veces había fantaseado hacer, y le besé. Al menos moriría siendo amado. La sangre bañaba su camisa y el charco empezaba a extenderse a su alrededor. Confieso que estoy perdido, idiota y débil. Creo que es una prueba, creo que es el mayor caos. Miro a sus ojos, es un ángel caído. ¿Dónde están nuestros líderes? ¿Cómo pueden permitir que esto suceda? ¿Acaso su color de piel o su preferencia a la hora de amar son motivos para cometer tal delito de odio? Daría mi vida por la suya, preferiría salvarle, mi ángel caído.

Un Millón de Razones (MásVeinticuatro)



La vida me está dando un millón de razones para querer abandonar. Anoche, después de irme de casa ante el rechazo y la incomprensión de mis padres por mi forma de amar, cogí el coche para irme lejos, lo más lejos que pudiera. Las lágrimas empañaban mis ojos, el llanto apenas me permitía respirar, me quería morir. Quería desaparecer; nadie me iba a echar en falta.


Era noche cerrada y no había nadie en la calle. Callejeando por lugares desconocidos, buscaba algo a lo que aferrarme, algo que me diera un motivo para seguir adelante. Y lo encontré, al menos por un segundo. Giré la cabeza y te vi, andando mientras mirabas al suelo. Pude sentir tu dolor; algo te afligía, éramos iguales. No podía apartar la vista de tu cuerpo... y a través del retrovisor quedé prendado de ti. Levantaste la mirada hacia mi dirección y el corazón me dio un vuelco. Una intensa luz llenó mis ojos, un estridente sonido inundó mis oídos y un indescriptible dolor me golpeó desde el lateral.


Aquí estoy ahora, en la cama de este hospital, tras severas operaciones. No puedo hablar ni ver, la sedación es muy fuerte, pero oigo todo lo que sucede. No hay buen pronóstico para mí. Posiblemente no pueda volver a andar y la posibilidad de daños internos a largo plazo es alta. Tengo mil millones de razones para querer abandonar, simplemente dejarme marchar. Pero solo necesito una buena para quedarme, y esa eres tú. Hoy te he oído llegar, como cada mañana, a hacerme compañía y hablarme de ti. Aunque no me conozcas de nada, hablas de la conexión que sentiste, y a través de todo el dolor quiero quedarme... contigo.

lunes, 19 de septiembre de 2016

Vino Afrutado (MásVeinticuatro)

Mi mamá es la mujer más guapa del mundo. Sé que aún soy pequeño y no he visto a todas las mamás del mundo, pero estoy seguro de que lo es. Muchas noches, cuando llega, finjo estar dormido y cuando está sentada frente a su espejo, la miro desde el marco de la puerta. Veo como se quita el maquillaje, con esos suaves algodones y esos líquidos de botes de colores. Siempre llora cuando lo hace, pero no entiendo por qué. Nunca la he preguntado porque es un secreto que esté despierto a esas horas. Cuando se pasa el algodón por el ojo, su piel deja de ser clarita como es siempre y pasa a ser oscura, como morada. Otras manchas suelen aparecer por sus mejillas, en sus labios, e incluso a veces en su cuello. Los ojos se le enrojecen y se tapa las heridas con su largo pelo rubio. Cuando llora mucho, mi padre se levanta de la cama y se acerca a ella, y le besa cada una de ellas. 

Mi padre tiene un carácter difícil. Suele gritar mucho cuando se enfada. Nunca lo hace delante de mi, siempre cierra la puerta y grita a mi madre, que suele acabar llorando. No entiendo qué es lo que le enfada tanto, pero da un poco de miedo cuando se pone así. Normalmente es un hombre tranquilo, amable, siempre dispuesto a ayudar a todo el mundo. Tiene muchos amigos con los que sale algunas tardes, mientras yo me quedo con mis abuelos. Cuando se encierran en la habitación y mi padre grita a mi madre pienso que no se quieren. Yo a mi gatito le quiero mucho y nunca le gritaría así. Pero por las noches, cuando les miro en secreto, veo que se quieren más que a nada. 

Últimamente mi madre no va a trabajar. Se queda en la cama todo el día, duerme mucho. Hoy me he quedado en casa con ella en vez de irme con mis abuelos porque papá me ha pedido que cuide a mamá. Mientras estaba yo viendo la tele, mi madre se ha levantado de la cama y ha salido a la calle de detrás, donde casi nunca hay nadie. Desde la ventana he visto cómo un hombre la esperaba, vestido de deporte y con gorra, que le ha dado una bolsita transparente a mi madre. Parece que esperaba algo a cambio, pero como ella no tenía nada que darle, le ha pegado un puñetazo y se ha ido. Mi madre se ha caído al suelo, y mientras mis lágrimas empapaban en cristal, ha empezado a llover, poco a poco, sobre el cuerpo de mi madre tirado en la acera.

domingo, 28 de agosto de 2016

El Viaje (MásVeinticuatro)

Quiero huir. Dejarlo todo atrás. Atrás para siempre.

No quiero volver, no quiero volver, no puedo volver.

Compro un billete de tren. Sé que no debería.

Sin pensarlo más, cojo el tren. Va muy rápido. Me mareo.

Todo da vueltas. A través de la ventanilla no se ve nada.

Cada vez va más y más deprisa. Siento una arcada.

Parece que decelera, o al menos no ya no acelera.

El vagón es muy pequeño, me agobia, no puedo respirar.

Quiero salir. No puedo, no puedo, no debo.

Fundido a negro, parece que paso un túnel.

Cada vez respiro más despacio, me siento como si flotara. 

Todo ha desaparecido, el dolor, la angustia.

Nada me importa, soy libre, soy libre, soy feliz.

Salimos del túnel, la realidad vuele a golpearme.

Ya no floto, y siento una punzada de dolor detrás de la cabeza.

El dolor persiste, se intensifica, me taladra por dentro.

Apenas respiro, me falta aire, necesito aire.

Todo se tambalea, miro por la ventana, solo se ve mar.

El tren ha llegado al mar y no se detiene, se adentra.

El nivel del agua va superando la ventanilla, me sumerjo.

Entonces la locomotora se detiene, para siempre.

No puedo moverme, tengo los ojos abiertos fijos en el agua.

Pero... no es el mar, es el fondo de un retrete.

No es un vagón, es un cuartucho de baño.

No es un billete, es un blíster de pastillas.

No era una locomotora, era mi corazón.




domingo, 7 de agosto de 2016

Celos (MásVeinticuatro)

Siempre he sido una persona celosa. Odio que se apropien de lo que considero mío. Y eso me pasaba con ella. No era mía, pero sí el privilegio de que cada mañana me eligiera a mí como su compañero. Que decidiera compartirse conmigo. No necesitaba poseer su cuerpo, me bastaba con su corazón. Todo era perfecto, casi demasiado para ser real. Viví en esa burbuja bastante tiempo, el suficiente para acostumbrarme a ella. Me amoldé a su forma de ser, a sus necesidades, sus gustos, sus pequeñas manías y sus enfados. Sabía que si discutíamos, lo más probable es que yo me hubiera equivocado. No creo que la faltara de nada, y menos aún de cariño, pues la brindaba con todo el que poseía, servido en bandeja de mi más sincero romanticismo. 

Pero últimamente la noto distinta, ausente. Como si pensara en otro cuando está conmigo. Alguien que no puede quitarse de la cabeza, que la está conquistando poco a poco, en su interior. Es posible que le aporte algo distinto a lo que yo la tengo habituada, al fin y al cabo somos seres de costumbres y tendemos a acabar sumiéndonos en la rutina. Siempre que la pregunto me responde con evasivas, no quiere tratar el tema. Me duele verla tan distante. Ya no ríe de forma sincera, con esas carcajadas que inundaban mis oídos de alegría. No se muestra predispuesta a organizar grandes planes juntos, de esos que organizas con meses de antelación para que todo salga perfecto. Llora mucho por las noches. Cree que no la oigo, que ya estoy dormido, pero puedo sentir su dolor. Me parte el alma verla desmoronarse. Sabe que estoy para apoyarla, pero no me lo pide. Quizás no crea que estoy preparado para afrontar la verdad. 

Cuando llegue del trabajo, ella ya no estará. Los celos me consumirán. Por qué no me ha elegido a mí. ¿Tenía acaso elección? Seguro que se ha visto obligada a abandonarme. O quizás simplemente se cansó. Dios sabe que luché por ella, desde que supe de su existencia hasta el momento en el que me abandone. Y ese momento llegará. No lo podré soportar, la necesito de vuelta, no sé qué hacer sin ella. Seré el barco que se estrella contra las rocas porque el faro se ha fundido y no puede indicarle el camino. Es una pérdida de tiempo buscar responsables de los hechos. Al fin y al cabo, cuando sientes celos de la muerte, ¿a quién debes culpar?

domingo, 24 de julio de 2016

El Girasol (MásVeinticuatro)

Había una vez, en una amplia llanura, un inmenso campo de girasoles. Pero había uno en concreto, que era especial. Cada día era igual: seguir con la mirada fija el sol, una y otra vez. La monotonía le consumía. Se sentía tan solo pese a estar rodeado de miles de compañeros, que un día se empezó a marchitar. Apenas se nutría, y sus hojas empezaron a debilitarse. Los insectos se percataron y aprovecharon para alimentarse a su costa. "Qué más da", pensaba. "Nadie se preocuparía por mí si desapareciera". Algunas veces, cuando su endeble tallo apenas podía sostener sus pálidas y roídas hojas, escuchaba sonidos tras él. Era una especie de llanto, algo como un lamento. Siempre pensó que eran imaginaciones suyas. 


Una noche descubrió la verdad. Algo le hizo girarse y descubrió algo que le dejó asombrado. Detrás de él crecía el girasol más bonito que había visto en su vida. Pudo ver que llevaba tiempo llorando lágrimas en forma de semillas, que llenaban el sueño tras él. Había estado sufriendo por su decadencia, verdaderamente había alguien para él, aunque no hubiera podido verle hasta ahora. Pudo ver en sus sonrojadas hojas ahora que entablaban contacto visual que estaba enamorado de él, y a saber cuánto tiempo llevaría amándole sin él saberlo. Se sintió el ser más feliz del universo.


Y siguió sintiéndose así, pese a todo. Pese al viento que les zarandeaba con furia. Pese al intenso calor que iba en aumento. Pese a la razón por la que había podido girarse en mitad de la noche. Pese a que las llamas se acercaban voraces consumiendo uno tras otro a sus compañeros. Cuando les llegó el turno, no pudo ser más feliz. Juntos, por siempre, entrelazados en forma de cenizas, surcaron el cielo en busca de su ansiada libertad.