jueves, 4 de febrero de 2016

A lo más alto.

Se oye un pitido que se extiende unos segundos, silencio. Otro pitido, más silencio. Una y otra vez. Entonces ocurre.

− Es el contestador de Kirley, puedes dejar un mensaje y te contestaré en cuanto lo escuche, ¡Gracias!

(Su voz. Es ella, no hay duda. Volver a escucharla me trae tantos recuerdos... Se oye un pitido corto, tengo que decir algo, no puedo quedarme callado.)

− Si... Hola... Soy yo, Carlton... Pf no sé muy bien qué estoy haciendo, pero este whisky me ha dado las fuerzas que necesitaba para llamarte y decirte que bueno... Joder te necesito aquí conmigo... Perdona si digo algo que no deba, siento mucho lo de la otra noche... No debí haberte dicho esas cosas horribles, de verdad que no las pienso, y la sola idea de perderte me mata... Ojalá pudiera arreglar lo que hice, decirte unas palabras bonitas, algún verso poético, pero ya sabes que no soy esa clase de persona... Estoy harto de esta mierda, lo único en lo que puedo pensar es en lo mucho que te quiero... Solo tú eres capaz de llevarme a lo más alto, nunca nadie me había hecho sentir así, lo único que te pido es que vengas y te tomes una copa... Espero no estar llamándote demasiado tarde... Espero que no... Solo tú eres capaz de encenderme por dentro, una llama en mi interior que ilumina recovecos de mi alma que creía perdidos para siempre... Quédate conmigo hasta tarde, como solíamos hacer, fumando y hablando... Jamás me cansaré de escucharte, la perfecta sincronía del movimiento de tus labios y tu voz, que me abstraías de todo lo demás... Me encantaría volver a los viejos tiempos, cuando éramos inseparables, cuando me necesitabas, porque yo lo sigo haciendo... Aún estoy borracho, qué puedo hacer, pero el alcohol no va a devolverme tu presencia, tu cariño... Tengo tanto que decirte... Pero sé que no quieres volver a verme... Y no puedo soportarlo... Estoy aquí, en el puente donde nos besamos por primera vez, donde comprendí el significado del amor, el significado de pertenecer a algo mayor, un "nosotros"... Pero eso se ha perdido entre las mentiras, los reproches, los celos y los rencores... Y si algo tengo claro, es que no voy a ser capaz de volver a sentir nada parecido con nadie más, así que para qué seguir, por qué luchar por algo que no vale la pena, algo que no tiene salida... No soy capaz de reponerme, de seguir adelante, de pasar página, de olvidarte... Ni pienso hacerlo... Quiero que sepas que te he querido, más que a nadie en mi vida... Serás la primera persona de la que me he enamorado, y la última... Para siempre...

Se corta la llamada.

lunes, 18 de enero de 2016

Oscuro Paraíso (MásVeinticuatro)

Todos mis amigos dicen que debería seguir adelante, dejar de pensar en ti. Soy consciente de que ya no estás aquí, y que nunca lo volverás a estar. Te fuiste, me abandonaste, pero no he dejado de amarte. Tu cara es como una melodía que no consigo sacarme de la cabeza, ni quiero que se vaya. Es reconfortante tenerte siempre conmigo, allá donde voy, te siento a mi lado, y eso me ayuda a sobrellevar este peso. Por las noches casi puedo oírte cantando tu canción, como sólo tú lo hacías. Al fin y al cabo, amarte para siempre no puede ser un error. 

A veces me gustaría estar muerto, es la única manera de estar contigo. Ni siquiera puedo rehacer mi vida, nadie me llena como tú lo hacías, nadie me llama la atención, el mundo es irrelevante sin ti. Incluso si encontrara a ese alguien, me aterra que me estés esperando al otro lado, y decepcionarte. Jamás me lo perdonaría. Debes sentirte tan solo, al igual que yo me siento aquí, rodeado de gente pero tan vacío a la vez. En aquel accidente no sólo murió tu cuerpo, también mis ganas de vivir, de sonreír, de disfrutar, de ser feliz. 

Tu alma permanece conmigo, y se manifiesta en mis sueños. Solo soy capaz de soñar contigo, que estás aquí, que estoy allí, que estamos juntos. Puedo sentir como me tocas, tal y como solías hacerlo. Estás ahí, parece tan real, tiene que serlo. Siempre te encuentro cada noche, diciéndome que todo está bien, que todo saldrá bien. 

Cada mañana es un suplicio despertarme y darme cuenta de que has vuelto a irte, que no volveré a verte hasta la noche, que vuelvo a estar solo. Es una sensación que me inunda por dentro y me destroza, aún más si cabe, por dentro. Mi alma en ruinas te añora, te llora a cada respiración. Pero esto se acabó, no puedo seguir así. Esta noche no duermo solo, he traído a dos compañeros que me ayudarán a volver contigo. Llega la noche, y tirado en la cama no puedo evitar que las lágrimas vacíen mi interior. Otro trago más de whisky que ayuda a otro puñado de somníferos a entrar en mi cuerpo, por fin seré libre. Libre de estar contigo por toda la eternidad, sin nada que nos separe. Esta noche no abandonaré el sueño.


viernes, 8 de enero de 2016

Viktoria, bienvenidos.

Me gusta considerarme una asesina, pese a que nunca he cometido ningún delito. Mi forma de matar es más sutil, pero no por ello menos dolorosa y letal. Soy incapaz de sentir amor, y por ello, dedico mi vida a impedir que otros lo consigan. 

Quizás la genética, quizás la diabetes, quizás mi pasión por el deporte, hicieron de mi cuerpo una obra de arte. Curvas perfectas, el volumen exacto. Vientre plano y caderas de infarto. Largas piernas, largo cabello negro como el azabache. Pechos turgentes y firmes. El deseo de cualquier hombre. Pasaba el día flirteando con ellos, pero nada más lejos de la realidad, a quienes seducía era a sus novias. Mujeres que jamás pensarían sentirse atraídas por otra hembra, caían en mi juego. Mi impresionante físico unido a una labia exquisita me hacían irresistible. Apenas tenía que esforzarme con los hombres, en seguida les tenía haciendo cola para ser infieles. Sin embargo, las mujeres son más complicadas. Tienen sus prejuicios, sus reticencias, que poco a poco dejan paso a las dudas y la curiosidad cuando comienza el baile. Son pasos estudiados al detalle, precisos movimientos que hacen aflorar el germen del ¿y si? Las llevo al extremo, las induzco la necesidad de mi cuerpo, de mis labios. Y cuando ya las tengo a mis pies, rogándome por más, simplemente las abandono. Un rechazo que viene dado por el último compás de la danza, un último gesto, el definitivo. 

Si cierras los ojos y prestas atención puedes oír los pedazos de los rotos corazones desplomarse y esparcirse por el suelo, esperando que los transeúntes los machaquen con su continuo paso. El placer que me produce comprobar con cara de desaprobación el descolocado rostro de mis víctimas es lo que más me excita, puedo sentir la adrenalina correr por mis venas, siento como el poder me posee. Bienvenidos a la vida de Viktoria.

lunes, 4 de enero de 2016

Un Río de Lágrimas (MásVeinticuatro)

¿Recuerdas todas las flores que me mandabas? Las sigo guardando, junto a todas esas cartas en las que me prometías un "para siempre" que no cumpliste. Bajo el espejo tengo un cajón donde guardo todas tus rotas promesas vacías. Lo tengo presente para no volver a cometer el error de creerte. Siempre pensé que eras el héroe que había venido a salvarme, a sacarme de las tinieblas, pero en su lugar me hundiste más. Eres un villano, tus pecados son imperdonables. 

Aún intento mantener mi almohada seca, pero hay un océano en mis ojos. ¿Sabes qué? Entre las olas he encontrado la fuerza para decirlo: El río de lagrimas me ha limpiado por dentro. 

Eras todo lo que necesitaba, pero ya no te necesito más. No pienso permitir que nuestros recuerdos supongan mi fin. Te deseo lo mejor, pero lejos de mí. Confié demasiado en ti, y ahora tengo que recoger todos los pedazos en los que me rompiste. ¿Por qué te dejaría entrar en mi vida? Quiero salir de esta montaña rusa que no me trae más de disgustos. Lo dejé todo por ti, pero he terminado con todo lo nuestro, ¿Por qué no iba a poder? He tenido una sobredosis de ti, me llevaste a lo más alto solo para dejarme caer.

Me has visto hundirme, y no has hecho nada por evitarlo. Por supuesto que te sigo echando de menos, pero tengo que superarlo, por mi propio bien, es ahora o nunca. A veces el amor te trae flores y otras excava tu propia tumba. El amor te hunde, pero la esperanza te hace volver a la superficie. Si hay algo que tengo claro es que volaré antes de caer.

miércoles, 30 de diciembre de 2015

Tacones Rojos

"Hazlo. Hazlo, por favor. Por favor...", susurré, con la boca pegada a la tuya. La fuerza con las que mis manos se aferraban a tu espalda te hicieron consciente de mi convicción. Pero no debías hacerlo. Sabías lo que pasaría después.

La lluviosa mañana de junio que te vi por primera vez, en tu ceñido vestido, pensé que eras una diosa. Quedé cautivado por tu seguridad, tu intensa y desafiante mirada, tu picardía. Si no fuera porque era el único que podía servirte el café en aquel lugar, jamás te habrías fijado en mí. Desde la primera vez que posaste la vista en mí, supiste que te pertenecía. Tardaste en volver a aparecer, tus visitas eran intermitentes, pero lo suficientemente asiduas como para mantener tu propiedad sobre mí. 

No olvidaré el día que por primera vez entablaste conversación conmigo. Quisiste saber mi nombre, mi procedencia. Quisiste saberlo todo, y yo era un libro abierto solo para ti. Tenías mi pasado y mi presente. Pero no fue suficiente, ansiabas mi futuro. No dijiste nada, simplemente te levantaste, y paseaste sus interminables piernas con el monótono sonido de tus tacones hasta el callejón al que daba la parte trasera de la cafetería. Instintivamente te seguí, como el lobo que sigue el rastro de su presa, solo que en este caso, la presa era yo. Una presa masoca y con mucha sed. Sed de deseo, de pasión, de ti. 

Te imploré que lo hicieras. Había oído hablar de ti, y quería ser el siguiente. Tus labios me rozaron. Sentí cómo un escalofrío recorría todo mi ser. Noté tu respiración al comenzar a separar lentamente tus labios, e hice lo propio. Al principio pude sentir el calor de tu boca, de tu lengua: una sensación de placer y confort que dieron paso al dolor. Una quemazón que bajó por mi garganta y llegó a cada terminación nerviosa de mi cuerpo. Cuando se me empezó a nublar el sentido, sonreí. Así que era cierto. Caí desplomado al suelo, y desde ahí, en los pocos segundos que tardo mi vista en desvanecerse, pude contemplarte marchar, con tus tacones rojos, tu juventud infinita, tu alma vacía y una nueva víctima a tus espaldas.

lunes, 28 de diciembre de 2015

Caminando

Siguió andando, una noche más, bajo la brillante luna llena. Con cada paso sentía las hojas y ramas crujir bajo sus pies, pese al alto grado de sensibilidad que había perdido a causa de las bajas temperaturas. Un viento leve soplaba entre los troncos de los pinos, creando corrientes gélidas que helaban sus manos. Millones de sonidos se agolpaban en sus oídos: sus propios pasos, el silbido del aire al atravesar las copas de los árboles, el rápido correr de pequeños roedores, los lejanos aullares de aves y otras extrañas melodías que era incapaz de ubicar. Pero tampoco le importaba. Nada podía detener su firme paso. 

¿Cuánto tiempo llevaba caminando? ¿Horas? ¿Días? ¿Semanas? No le importaba. Sabía que al final conseguiría salir de allí, tarde o temprano. Cada paso le acercaba más a su destino. No sentía nada. Ni hambre, ni cansancio, ni frío. Ni siquiera dolor. Dolor por sus magullados pies, dolor por el abandono. Había visto mal a su madre muchas veces. Siempre sola, sin ningún apoyo. Solo con responsabilidades, obligaciones, deberes, presión. No estaba dispuesto a ver caer a su madre. No se lo merecía. No después de cómo había luchado por sacarle adelante. No sería en vano tanto esfuerzo. Merecía una vida mejor. Empezar de nuevo, sin deudas, sin cargas a su espalda, sin hijo. No veía hueco para él mismo en el futuro de su progenitora. Pese a que la quería con toda su alma, la dejó marchar. Incluso puede que esa fuera la razón para que lo hiciera. Por eso, una noche simplemente se largó. Aún con el pijama salió silenciosamente por la puerta y se fue.

Anduvo. Anduvo mucho, muchísimo. El dolor le consumía, lentamente, ferozmente. Cada expiración era un hálito que dejaba escapar. Pero no se detuvo. No se detuvo cuando se cayó la primera vez. Se levantó y siguió. Tampoco la segunda vez, pese a que comenzó a sangrar por la rodilla. Incluso la tercera vez, la más liviana de todas, siguió adelante, sin su cuerpo, que expiró, como cualquier ente material. Su determinación le impidió detenerse. Libre de dolor continuó su camino. Quién sabe si llegará a su destino.

domingo, 13 de diciembre de 2015

Feliz (MásVeinticuatro)

Esperé a que saliera por la puerta aquella mañana. Oí como se levantaba, se duchaba, se arreglaba y se iba. El corazón me latía con fuerza, pero me hice la dormida. No estaba dispuesta a soportarlo ni un día más. Me levanté, me vestí, saqué todo el dinero que pude del banco y me fui. Simplemente me fui, cogí un autobús que me llevaría lejos, a una ciudad de costa, siempre quise vivir cerca del mar, y qué mejor lugar para empezar de nuevo. 

Miré cómo el sol caía sobre mi regazo mientras el autobús recorría interminables carreteras. Y entonces vino, esa melodía. Era tan dulce, pero a la vez tan fuerte, me hizo sentir que formaba parte de algo. Y toda la tristeza de mi interior se derritió, por fin era libre. Lo que tanto ansiaba, una vida en la que no dependiera de nadie. Y menos de un impresentable como era ese al que solía decir marido. No me quería, nunca lo hizo. Cuantos más kilómetros hay entre nosotros, más claro lo veo. Alguien que te quiere no te grita, no te mira con cara de asco, no te desprecia. Alguien que te quiere no te golpea. Ni el primer tortazo cuando te enfadas, ni el empujón cuando no le haces la cena, ni la violación cuando no te apetece. Y lo peor de todo, el silencio cómplice en el que te sumes, por miedo. Por miedo a que se sepa, por miedo a acabar en boca de todos en el pueblo. Porque todo el mundo se cree con derecho a opinar, pero la que has vivido esas circunstancias eres tú. No son ellos los que se han pasado las noches llorando en silencio para que no te oiga. Ni son ellos los que han sentido su corazón acelerarse al oír la puerta abrirse por miedo al humor que traerá ese día de trabajar. Ni tampoco los que han tenido que fingir estar enfermos para que el resto no se enteraran de que tenían el ojo morado. 

Pero ya no tengo miedo. Ahora empiezo de nuevo. He escapado de sus gritos, de sus "Yo te necesito", de sus "¿Dónde has estado?". Pese a estar con él, nunca me había sentido tan sola. Con él me sentía de menos, inútil, prescindible, reemplazable. He estado desesperadamente sola. No he encontrado a ese alguien que de verdad me complemente y me aporte lo que necesito, apoyo y comprensión, cariño y respeto. Creo en la divinidad, y en la posibilidad. Sé que encontraré a alguien, pero ahora mismo no lo necesito. Me siento libre, independiente, por fin he tomado las riendas de mi vida y no va a haber quien me pare. Encontraré un empleo y viviré por y para mí. Como la luz de un faro en el mar, siento que la esperanza me ha seguido. Nunca pensé que podría sentirme así, y por fin puedo decirlo: soy feliz.