domingo, 23 de agosto de 2015

El Reloj del Geranio

Hoy, mi abuelo, que ha sido relojero toda su vida, me ha hecho el regalo más preciado del mundo. No es que la correa fuera de una calidad suprema -pese a ser de buen cuero- ni que estuviera forjado en oro. En la esfera se veían tres pequeñas agujas, en tamaño decreciente desde el segundero, de un tono plateado, aunque no excesivamente refinado. El secreto que aquel reloj guardaba era mucho más trascendental que eso. Mi abuelo me llevó al pequeño cuarto donde solía escapar del mundo cuando este le agobiaba. Se sentó en su silla de madera, y me acercó otra un poco más pequeña para mí. Abrió el cajón donde tenía colocados según su utilidad infinidad de pequeñas herramientas de una precisión increíble. abrió con cuidado la tapa y dejó al descubierto el complejo entramado de engranajes que constituían las tripas del reloj. Mientras empezaba a desmontarlo, comenzó su relato.

Yo era joven, como tú, quizás un par de años mayor. Comencé a trabajar de botones en un hotel del centro de Madrid con apenas 14 años. Me ganaba la vida como podía, ya sabes, mi padre era un pobre tranviario que apenas podía sustentar a mi madre y mis seis hermanos... Una cálida tarde de primavera apareció ella. La flor más bella que habría podido imaginar. Sus grandes ojos castaños, su intensa melena... no podía apartar la vista de ella. Por aquel entonces contaba ya con 19 años y mi jefe me permitía ciertas libertades, así que le pedí el resto del día libre. Subí las escaleras lo más rápido que pude, hasta llegar al piso en el que uno de mis compañeros descargaba las maletas de aquella doncella y su padre.

Un temblor repentino en su mano hizo que la pieza que sostenía en aquel momento se cayera al suelo, y yo me apresuré a recogerla con el mayor de los cuidados y devolvérsela, a la vez que le pedía que continuara con la historia.

Estuve en las escaleras durante horas esperando señales de vida, entonces escuché una voz masculina que procedía del interior de la habitación, a continuación la puerta se abrió y de allí salió el padre, que se apresuró a bajar las escaleras con tal prisa que ni siquiera reparó en mí. Era mi oportunidad, me acerqué a la puerta y llamé. Una dulce voz preguntó "¿Quién?", a lo cual no se me ocurrió otra cosa que responder "Servicio de habitaciones". Abrió solo una rendija la puerta y asomó un ojo. Al verme la cerró de golpe. "Mi padre no me permite hacer pasar a extraños, tendrá que esperar a que vuelva si quiere algo", dijo. El acento andaluz se marcaba en sus palabras, lo cual trajo aún más mi atención por ella. "Perdona, no era mi intención molestarla, tan solo es que la he visto en la recepción y... he sentido la necesidad de hablarla... le ruego disculpe mi atrevimiento y no informe de esto a su padre, este trabajo es lo único que tengo...". Silencio. Ni una sola palabra se escuchó desde el otro lado de la puerta. Escuché pasos subiendo la escalera y me asusté pensando que podría ser su padre, y me apresuré a subir al piso de arriba. Los pasos continuaron al siguiente tramo de escaleras hasta llegar a mí, y con alivio comprobé que era mi jefe, que sorprendido de verme allí me gritó "¿Para esto me pides el día libre? ¿Para andar rondando por los pasillos? Anda, baja a cargar las maletas de una señora que acaba de llegar, vamos." Hice un gesto de asentimiento y bajé a toda prisa. 

La esfera estaba ahora vacía, todos los engranajes se encontraban repartidos minuciosamente por la mesa, y mi abuelo se estaba encargando de limpiarles todo el polvo y sacarles todo el brillo que fuera posible. Mi madre entró en la habitación y nos preguntó qué estábamos haciendo, a lo que mi abuelo contestó que me estaba enseñando los entresijos del "reloj del geranio". No entendí a qué se refería, pero mi madre pareció darse por satisfecha y cerró la puerta con una sonrisa y la mirada fija en el suelo. 

Bueno, como te decía, esa fue la primera vez que hablé con la muchacha, y realmente pensaba que iba a ser la última, esperaba que en cualquier momento mi jefe me llamara a su despacho y me echara a la calle por intentar ligar con jóvenes huéspedes, algo que me tenía terminantemente prohibido. Pero no fue así, y una mañana de domingo que tenía libre, mientras paseaba por los parques de El Retiro, volví a ver a aquella chica. Pero no iba sola, si no cogida del brazo de un hombre de mediana edad que parecía lucirla como un trofeo. La leve sonrisa en los labios de ella no disimulaba lo que sus grandes ojos evocaban: ausencia, desánimo, indiferencia. Cuando me vio, esto cambió, una chispa se prendió en su mirada, aunque intentó ocultarlo para no alarmar al que parecía ser su prometido. Me vio esconderme detrás de uno de los restaurantes cercanos, El Geranio -debido al gran número de este tipo de flor repartidos en macetas en torno al local- y comprendió mi intención, ya que acto seguido dijo algo al hombre y se dirigió hacia los baños del restaurante, mientras él se acercó a contemplar el lago en lo que ella regresaba. "¿Qué haces aquí? me preguntó, "¿no estarás siguiéndome?". Visiblemente desconcertado contesté "Ni por asomo, simplemente paseaba... hace ya, ¿Cuánto desde que hablamos? ¿Seis meses?", a lo que ella se apresuró a responder "Siete y dos semanas". Sorprendido por la precisión en su recuerdo, me aventuré a preguntarle "¿El que pasea contigo es tu prometido?", a lo que ella contestó, con tristeza en el rostro "Así es, es la razón por la que vine con mi padre a Madrid, casarme con algún hombre que pueda sustentarme, ya que los incendios del año pasado arrasaron nuestros olivos y no tenemos pa comer...", tuvo que detenerse en su explicación ante la amenaza de que las lágrimas brotaran de sus castañas reliquias. No sé de dónde salió aquel impulso, pero me apresuré a abrazarla, y ella lo agradeció profundamente, a juzgar por cómo me devolvió el apretón. Al separarse, se limpió las lágrimas que habían acabado por caerle, me besó en la mejilla y se apresuró a volver con el hombre que seguramente ya se estaría empezando a preocupar por su tardanza, pero la sujeté del brazo, y, tras quitármelo de mi muñeca le tendí el mejor reloj que tenía, que me había regalado mi padre. Poseía unos engranajes suizos de excelente calidad. A él a su vez se lo había legado un adinerado belga al que mi progenitor hizo el favor de esperar durante media hora a que la mujer del extranjero llegara a la estación. La muchacha se lo escondió bajo la falda para que su prometido no sospechara, más tarde le diría que se lo había regalado su padre.

Ya todas las piezas relucían y estaban listas para volver a ser ensambladas de vuelta en el reloj, pero mi abuelo permaneció unos segundos en silencio con las manos sobre sus rodillas. Yo estaba impaciente de que me siguiera contado aquella historia, pero no me atreví a decir palabra hasta que él decidiera continuar. 

Fue entonces cuando decidí adoptar una profesión propia, si quería aspirar a casarme con aquella dulzura que me tenía encandilado. Le pedí a mi padre que preguntara en su círculo de amigos si algún gremio necesitaba un aprendiz, y, una semana más tarde, tras abandonar mi puesto de botones, entré a trabajar como aprendiz de relojero. El maestro era relativamente amable conmigo, pero ante todo, en aquel taller se respiraba un profundo amor por el arte de la relojería. Durante los siguientes tres meses trabajé muy duro, y, pasado este tiempo, la desgracia se cebó con mi maestro, que perdió a su mujer y su hijo en un brote de peste en Valencia, lo que le obligó a regresar de inmediato para asistir al funeral. Tal eventualidad me colocó al frente de la relojería durante su ausencia, que se prolongó una semana, dos... Entonces recibí la carta, mi maestro no había podido soportar las pérdidas de sus seres queridos y se habia quitado la vida poco después del funeral. Aquella circunstancia, que me situaba a mí como dueño del establecimiento, me dio cierto miedo al principio. Pero tras pensarlo bien aquella noche, estaba perfectamente cualificado para sacar adelante el negocio, aquello no sería un problema. Y, lo mejor de todo, estaba en condiciones de pretender a mi amada, aunque no sabía dónde encontrarla. Pregunté a mi antiguo jefe del hotel si se seguía hospedando el hombre con la muchacha de la tercera planta, a lo que me contestó que sí, pero que tenían pensado dejar la habitación el lunes. Era jueves, por lo que no tenía demasiado tiempo. Fui a El Retiro, y a trote ligero recorrí el camino que solía seguir, pero no la encontré. No se me ocurría qué más hacer, a quién recurrir... Se lo conté todo a mi madre durante la cena, y ante los detalles de mi historia, recordó haber oído comentar en el mercado que se iba a celebrar una boda ese mismo domingo entre un muchacho de la ciudad y una andaluza. Debía encontrarla antes de que el enlace tuviera lugar, no podía soportar la idea de que aquella joven se viera sumergida en un matrimonio por conveniencia que nunca la haría feliz. El viernes cerré pronto la tienda para volver a buscarla por los jardines, sin resultado. Mi agonía crecía por minutos. Esa noche no pude pegar ojo. Llegó el sábado, ¡El día antes de la boda! Perdí todas las esperanzas, ninguna boda se detiene el día de antes, por muy bueno que fuera el nuevo pretendiente, su padre no lo permitiría. Paseó una vez más por el los céntricos jardines, sin buscarla, simplemente pensando en cómo podría haber sido su vida juntos, cómo podrían haber tenido hijos, nietos incluso, cómo habrían compartido un hogar, una vida. Podía prometer que jamás la dejaría, que la haría sentir la mejor mujer sobre la faz de la Tierra, que antepondría sus preocupaciones y necesidades a las mías propias... Inmerso estaba en estos pensamientos, con los ojos vidriosos, cuando una mano se posó sobre su hombro suavemente. Me giré lentamente al principio, pero al levantar la vista y descubrir aquella sonrisa a apenas un palmo de mí, mi cuerpo, al compás de mi corazón, dio un vuelco. "Hola...", saludó ella, tímidamente "... no podía estar más tiempo en casa, las paredes me agobian, no puedo quitarme de la cabeza la idea de que estoy a punto decometer el mayor error de mi vida, y sin embargo, ni mi padre ni yo podemos hacer na, no tengo más remedio que...". La tomé de los hombros, y la dije "Tranquila, no tienes que preocuparte más, tengo mi propio taller de relojería, gano lo suficiente como para poder sustentarnos, no tienes que casarte con ese hombre... quizás con él vivirás mejor, pero yo puedo ofrecerte algo más, todo mi amor y entrega a tí... ¿Crees que tu padre consentirá cambiar la boda a estas alturas?". Sus ojos se iluminaron ante la buena nueva, y no pudo evitar empezar a reír. Al principio bajito, entrecortadamente, pero poco a poco se convirtieron en carcajadas de alegría que inevitablemente se me contagiaron. "¿Dónde está tu padre ahora?, la pregunté, y ella me respondió "Debería seguir en el hotel... ¡vamos p'allá!". Pusimos rumbo a la habitación, y allí le encontramos. Ella le explicó toda la situación, mi actual posición económica, nuestro furtiva relación... No pude evitar sonrojarme cuando dijo que me amaba y deseaba casarse conmigo más que cualquier otra cosa. Su padre permaneció muy serio mientras la muchacha no paraba de hablar, incluso cuando las lágrimas bañaron sus argumentos, él permaneció impasible. Realmente pensé que no daría el visto bueno a nuestro amor, pero, aún manteniendo el duro gesto, dijo: "¿Y a qué esperamos, habrá que informar al novio, digo yo". Ambos rompimos en un suspiro de alivio y nos miramos sonriendo. Por fortuna, el hombre con el que tenía concertado el enlace no tenía más familia que su anciana madre, y pese a la negativa inicial, el que sería mi futuro suegro supo convencerle y acabó por dar su brazo a torcer. Los cuchicheos sobre lo sucedido no tardaron en rondar por el mercado, pero nada de eso nos impidió acabar casándonos. No había sido tan feliz en toda mi vida. Ella llevaba aquel reloj que la regalé tras el restaurante, estaba resplandeciente. Y bueno, el resto de historia ya la conoces, poco después llegó tu tía, siete años después tu madre... 

Yo miraba a mi abuelo totalmente embelesado por la historia, y no había reparado en que ya había vuelto a ensamblar las piezas en el interior de la esfera y, tras ajustar la tapa y ponerlo en hora, sonrió al ver cómo seguía en perfectas condiciones. Hoy es el primer aniversario de la muerte de mi abuela, realmente creo que aquel pobre hombre no lo había superado, ni creo que lo hiciera nunca. Mi abuela fue una mujer extraordinaria, todos en mi familia la debemos tanto... Abracé a mi abuelo, que lo agradeció enormemente. Cuando nos separamos, se secó las lágrimas y se predispuso a contarme más anécdotas de mi abuela, me encara cómo se le ilumina el rostro al hablar de ella.

martes, 18 de agosto de 2015

El Muñeco Abandonado

Una mañana, volviendo a casa de la biblioteca, en un oscuro callejón, me pareció ver algo. La curiosidad me pudo, y, pese al lúgubre ambiente que se respiraba, seguí adelante. Allí estaba, sentado bajo el contenedor de basura. Un muñeco de madera, en condiciones pésimas, pero sin ninguna pieza importante en falta. O al menos, esa fue la impresión que me dio. Mi abuela siempre me había dicho que los muñecos artesanales, como aquel que tenía delante, contenían en su interior un alma como la nuestra, y que a nuestro cargo quedaba cuidarlos. Tuve la necesidad de quedármelo y restaurarlo como tributo a mi amada y recién fallecida abuela.

Como aquel día llevaba la mochila prácticamente llena porque quedaban pocas semanas para los exámenes finales de la universidad, tuve que llevar el muñeco en mis manos. Al llegar a mi piso, tras quitarme la chaqueta, los zapatos y apartar la pesada mochila, me dispuse a lavar la harapienta ropa de aquel juguete. Puse una lavadora para su pequeño peto, su sombrero, sus pantalocitos y sus diminutos zapatos. Cuando se secaron, los remendé con los hilos que encontré en la caja de costuras de la casera tan bien como pude, ya que tampoco es que hubiera cosido demasiado en mi vida. No es por tirarme flores, pero me quedó bastante decente. Antes de vestirle me dispuse a limpiar su cuerpo de madera. Con un trapito especial para limpiar los muebles eliminé cada mancha que le cubría. Bajo aquella capa de suciedad parecía estar en perfectas condiciones. Casi había terminado, pero una borrón negro azabache en el lado izquierdo de su pecho no se difuminaba por mucho que frotara. Lo observé con atención y descubrí que una minúscula hendidura permitía abrir la zona oscura, y así lo hice. Cual fue mi sorpresa al descubrir una cavidad destinada como era obvio a preservar el corazón, pero no había ni rastro del mismo. Le vestí, parecía otro, totalmente renovado e impecable. Pero algo no encajaba. Quizás fuera su vacía mirada. Quizás su sonrisa forzada. Pese a que la camisa lo cubría, su gesto hacia latente su falta de corazón. Sentí la necesidad de cuidarlo, de protegerlo, de hacerle sentir seguro. Alguien sin corazón es frío y duro, pero también vulnerable. Cada día cuando llegaba de las clases le contaba cómo había sido mi día, mis planes, mis anhelos, mi vida. Lo compartía todo con él, le hice partícipe indirecto de mi existencia. Pero la realidad era que aunque pusiera todo mi empeño en lograr su felicidad, no se percibía ningún cambio en su rostro. Seguía ausente, en su propio mundo. La frustración se apoderaba de mi, no sabía qué más hacer para satisfacer a aquel muñeco. Fue entonces cuando se me ocurrió.

Lo trasladé desde el comedor a mi habitación, lo coloqué en mi almohada y le pedí que me concediera un minuto. Busqué en mi estantería aquel libro. Sabía que tenía que estar por ahí, estaba seguro. En el segundo estante empezando por abajo lo encontré. Con tan solo observar la portada se podía averiguar que contenía numerosos poemas. Empecé por algunos que te hacen reflexionar y plantearte las situaciones de distinto modo. A continuación venían los de amor, que sin ser empalagosos captaban ese sentimiento del modo más puro posible. Por último, como bien sabía, llegaban los poemas emotivos. Tuve que hacer numerosas pausas pues las lágrimas se acumulaban bajo mis ojos. Coloqué al muñeco en mi regazo antes de comenzar a recitar el último de ellos, que era mi favorito, y con el que más había llorado. Por millonésima vez, al finalizar al último verso, no pude contener las lágrimas por más tiempo. Pude sentir cómo se deslizaron por mis mejillas y se precipitaron en caída libre sobre el muñeco. Tras secarme los ojos con las mangas del jersey, dejé el libro sobre la mesilla y cogí a mi pequeño amigo en brazos y le di la vuelta para ver su inexpresiva faz una vez más, pero algo había cambiado. Una tímida sonrisa, una mirada llena de emoción y ternura iluminaban su expresión, parecía realmente feliz. Desabroché el velcro que hacía las veces de botones en la pequeña camisa y, para mi sorpresa, la mancha oscura había desaparecido. Con cuidado abrí el compartimento de su pecho, no di crédito a lo que allí había. Un luminoso cuarto de corazón brillaba de forma cegadora, tanto, que me obligó a cerrar lo ojos. A tientas cerré la cavidad y abroche la camisa, para justo después caer desplomado al suelo.

Entre los beneficios de tener una vecina demasiado interesada en asuntos ajenos se encontraba que era la primera en enterarse rápidamente de las desgracias que la rodeaban. Al no obtener respuesta llamando al timbre de mi casa tras el estruendo de mi caída, llamó a emergencias. Cuando me desperté en la camilla con las vías atravesando la piel de mis antebrazos, una enorme pesadez en mi cabeza me impedía recordar con claridad lo sucedido. Justo cuando lo recordé, un enfermero cruzó el umbral de la puerta de donde me encontraba y me preguntó cómo me encontraba. Por mi consoladora respuesta le pareció adecuado solicitar la presencia de la doctora para que me explicara mi situación. Al poco tiempo, cuando el dolor de cabeza había remitido casi totalmente, una mujer madura con una gran sonrisa me saludó al ritmo que sus zapatos de tacón se acompasaban hacia mí. Enfocó mi diagnóstico de esta forma: la parte mala era que el correspondiente a un cuarto de mi corazón había dejado de funcionar de repente, siendo esta la causa de mi desmayo; y una parte buena que se resumía en que mi cuerpo ya había asimilado el cambio y era perfectamente funcional. Cuando salieron de la cabina y pude reflexionar acerca de lo sucedido fui incapaz de evitar sonreír. 

Parece ser que la única forma de reconstruir el corazón de la gente que nos importa es ceder parte del nuestro en ese noble propósito.

El Amor Encerrado, Capítulo II

Fue una mañana muy monótona, pese a que acababa de comenzar el curso ya me sentía inmerso en la rutina. Cuando acabaron las clases me despedí de mis nuevos compañeros, especialmente de la chica que se sentaba conmigo, un ángel rubio que traía a medio instituto de cabeza. Había aprendido a ser ciertamente desagradable con los chicos, ninguno duraba más de una semana intentando que se fijara en ellos, pero eso no implicaba que no siguieran suspirando cuando pasaba cerca de ellos. Según me contó, su intención era centrarse en los estudios y no dejarse distraer por relaciones de instituto. Creo que intuía mi condición y por ello era más abierta conmigo. Me hizo un gesto de despedida acompañado de una sonrisa y me dirigí hacia la parada de bus. Cual fue mi sorpresa cuando me fijé en que el muchacho de los ojos verdes estaba ahí sentado. Intenté que no notara que le estaba mirando, pero me pilló un par de veces. Entonces llegó el autobús y él entró primero, se sentó casi al final. Yo me senté tres filas por delante, y miré a través de la ventana para disimular mi nerviosismo. Estaba absorto pensando en qué haría allí cuando una voz a mi lado me sorprendió. Giré la cabeza con gesto desconcertado y, allí estaba, preguntándome que si me importaba que se sentara en el asiendo contiguo. Sin dar crédito a lo que estaba sucediendo, accedí. 

Lo primero que hizo fue presentarse, me contó que se había mudado con su madre y su hermana pequeña a una casita tres aldeas después de la mía. Su padre había fallecido recientemente a causa de una enfermedad poco común cuyos tratamientos experimentales, que no llegaron a dar sus frutos, habían consumido todos los ahorros de la familia, y no habían tenido más remedio que irse a vivir a la casucha que su abuela materna les había dejado en herencia tiempo atrás. Echaba de menos a los amigos que había dejado atrás en la ciudad, y se le notaba verdaderamente destrozado por la muerte de su progenitor. Mientras, yo no podía despegar la mirada de sus ojos esmeralda, los cuales vistos de cerca eran aún más bonitos, y podía ver cómo poco a poco se iban enrojeciendo y tornando vidriosos ante los dolorosos recuerdos. Me preguntó por mí, a la vez que se disculpaba por hablar tanto, y su tierna sonrisa fue lo último que necesitaba para prendarme de él. Le hablé de mi familia, mis hobbys (que básicamente se centraban en la lectura y el ejercicio mañanero que consistiría en correr por las zonas circundantes a mi casa) y lo que estaba estudiando. Me dijo que también estaba en su último año de instituto, pero parecía algo mayor que yo, aunque obviamente no me atreví a preguntarle. Se le notaba muy a gusto conmigo, e igual de cómodo estaba yo. Maldije el momento en el que llegamos a la parada en la que debía bajarme, nos despedimos estrechándonos las manos y me bajé. Una vez abajo hice un gesto de despedida con la mano que él me correspondió. 

Llegué a casa más feliz que nunca, se lo conté todo con pelos y señales a mi madre, que estaba encantada de verme tan feliz, pero una vez más me advirtió de que me andara con ojo. Sabía que tenía razón, pero la ilusión me nublaba la precaución. Estuve toda la tarde escuchando canciones romanticonas y releyendo uno de mis libros de poemas, concretamente uno de amor especialmente bonito, y pensaba cuáles podía dedicarle. Cuando intentaba concentrarme en la tarea del instituto, no podía evitar acordarme de aquellos luceros verdes, de aquella nariz chata, de aquella sonrisa cautivadora, y aquellos tirabuzones anaranjados. Me coloqué los cascos y con la música a todo volumen me senté bajo el árbol del jardín, cerrando los ojos mientras me dejaba inundar por la optimista y alegre música al tiempo que el aire me acariciaba el rostro y el sol brillaba, podía sentir el calor en mi piel y en mis venas, como una fuente de energía nueva, que me llenaba de ganas de vivir. Aquella noche me costó conciliar el sueño ante las ganas de volver a verle al día siguiente, hasta que el cansancio del día me pudo. Si hubiera sabido lo que me deparaba el fin de semana que se aproximaba, estoy seguro de que no habría sido capaz de pegar ojo.

Recuerdos de una Vida

Son en estas noches, vacías de toda esperanza e ilusión de vivir, en las que más me acuerdo de ti. Recuerdo esa risa que solo muestra un hoyuelo, ese gesto tan tuyo que es una mezcla de recriminación y el más puro cariño. Desde que te fuiste no he vuelto a ser el mismo, jamás volveré a serlo. Te echo de menos, y echo de menos cómo me sentía contigo. Me abandonaste sin avisar, sin tan siquiera una nota con un simple “adiós”. No poder despedirse es una de las peores sensaciones que se pueden experimentar, la frustración se apodera de mí y revuelve mis entrañas hasta quebrar mis defensas. Sé que no volverás, y quizás eso sea lo más doloroso, tener la certeza de que el camino que emprendiste no tiene retorno, que jamás volveré a verme reflejado en esos ojos miel que tanta dulzura albergaban. Soy consciente de que no deseabas irte, que no fue tu voluntad, que tu hogar soy yo. Debes perdonarme que ahora yo te abandone, pero la sola idea de no sentirme reconocido en tu mirada me partía el alma. Sí, tu cuerpo sigue ahí, dañado por la edad y las inclemencias del tiempo y la vida, pero dentro no estás tú, sólo una mente en blanco de la que yo no formo parte. Nunca podré olvidar el día que abriste los ojos al alba y te asustaste al mirarme, una parte de ti, la que te daba significado, se había fugado con aquel bastardo al que llaman Alzheimer. Ahora todos los momentos de nuestra vida juntos permanecen sólo en mis recuerdos, y no puedo soportarlo. He intentado ser fuerte, por ti, por mí, pero no puedo, no sin tu apoyo. Hoy me despido de todo, que me perdonen pero no quiero una vida en la que no estás tú.


El Amor Encerrado, Capítulo I

Me acerco despacio al jardín trasero. Mi paso es pausado, pero mi corazón late deprisa. Otra lágrima cae sobre la caja que llevo en mis manos. Llego a nuestro árbol, aquel bajo el que pasábamos las horas, leyendo, riendo, contándonos nuestras cosas o simplemente abrazados. Es de los pocos momentos en los que he sido realmente feliz. Alzo la vista y a través de la maraña de hojas y ramas se vislumbra el astro rey. Si cierro los ojos me viene a la mente la primera vez que nos besamos, allí mismo, aquel momento en el que dejó de existir todo el exterior por unos minutos. Éramos solo los nosotros, dos almas unidas por un mismo sentimiento, el amor. Es difícil creer que una persona pueda aportarte tanto, cambiar tu estado de ánimo con una sonrisa, convertir las tardes depresivas en un cúmulo infinito de carcajadas. 

No veíamos nada malo en lo que hacíamos y sentíamos, pero éramos conscientes del rechazo de la población en la que vivíamos, un pueblo relativamente apartado de las grandes y modernas ciudades. Eran por todos conocidos los rumores de las palizas que recibían por grupos radicales los que eran considerados homosexuales, como el famoso caso de aquel chico rubio al que tuvieron que hospitalizar por la fractura que le provocaron en bastantes huesos. Pese a que el informe figuró una caída de su caballo, todo el mundo sabía que habían sido aquellos jóvenes. En cuanto le dieron el alta se fue de aquí con su familia y no le volví a ver. Por aquel entonces yo contaba 6 años y, ni sabía lo que pasaba, ni imaginaba que yo iba a sufrir algo peor en un futuro. En cuanto comencé a darme cuenta de mis inclinaciones emocionales y físicas por otros chicos supe que debía mantenlo en secreto y evitar que se supiera, por miedo a las represalias de aquel violento grupo. Tenía cuidado de mis maneras de moverme, actuar o hablar, porque ellos no se cercioraban de si realmente eras gay, si te consideraban amanerado te tenían en el punto de mira y en cualquier momento podían seguirte a casa, insultarte o amenazarte. El apoyo de mi madre fue muy importante, ella me ayudó difundiendo rumores acerca de mí y chicas de mi edad cuando iba al mercado y coincidía con las cotillas mujeres del pueblo. Otro punto clave fue que podía desahogarme con ella, no pasaba una noche que no acabara llorando de impotencia abrazándola mientras ella me consolaba susurrándome al oído.

El día que comencé secundaria llegó un chico nuevo. No era muy alto, ni escandalosamente guapo, pero el segundo que nuestras miradas se cruzaron no lo olvidaré mientras viva. Sus verdes ojos contenían una mezcla de inseguridad, timidez y nerviosismo. Pero cuando me miró noté como aparecía un atisbo de esperanza, de ilusión. Él siguió su camino y yo me quedé desconcertado, miraba el pasillo por donde había desaparecido y tuve miedo cuando me di cuenta del ritmo acelerado que llevaba mi corazón. Nunca me había sentido realmente atraído por otro chico, las barreras que me había interpuesto yo mismo no me lo habían permitido. No pude dejar de pensar en él en todo el día, ¿Cómo se llamaría? ¿Qué estudiaría? Aún así, tuve claro que debía olvidarme de él, lo más probable era que fuera heterosexual, y enamorarse de alguien que nunca podría amarme no se encontraba entre mis planes. Al final de las clases me fijé que una mujer también pelirroja le recogió en coche. Me quedé embobado mirándole a través del cristal. Parecía cansado. Giró la cabeza y me descubrió con la mirada fija en él. Noté cómo se sonrojaba y apartaba la mirada conteniendo una sonrisa. Tardé tres segundos más en darme cuenta que había dejado de andar e incluso de respirar, y un sonoro suspiro vació mi interior. El autobús que me llevaría a la aldea donde vivía aun tardaría unos minutos en aparecer, y allí, sentado en la parada, pensé en aquellos ojos verdes. Cuando llegué a casa le conté todo a mi madre, que pese a su notable alegría inicial, torció el gesto al ser consciente de los peligros que podía acarrearme este giro de los acontecimientos. Tras pensarlo mucho por la noche antes de dormir, decidí ser precavido y privarme de una posible efímera relación, al fin y al cabo en unos años iría a la universidad de ciudad y allí la homofobia era mucho menor y podría enamorarme, pasear con mi futuro novio y gritar a los cuatro vientos cuánto le amaba sin ningún tipo de miedo ni inseguridad. Pero todos estos planes racionales se esfumaron al día siguiente.

Para Toda la Vida

Ayer la miraba, y en sus ojos, veía fortaleza, omnipotencia, pero también dulzura, cariño y ternura. Nada era demasiado para ella, era capaz de ocuparse de todo y más, jamás la veías quejarse ni sentarse un segundo si debía hacer algo. Aquella paciencia inquebrantable. Siempre con una sonrisa. Me encantaba que me besara las mejillas.

Hoy la miro, y en sus ojos, veo sensatez, madurez, y esa misma dulzura, cariño y ternura. Suele hacer descansos, cuando el cansancio hace mella en sus huesos. Es un apoyo constante y seguro. Soy consciente de cómo poco a poco su fuerza vital se va desvaneciendo. Los dolores no la dejan casi andar, necesita ayuda para hacer tantas cosas, pero su sonrisa es inamovible. La encanta que la bese las mejillas.

Mañana no podré mirarla, no veré sus ojos, pero podré sentir como vive en mí y me protege desde dentro, nunca estaré solo. Sus enseñanzas me guiarán en la vida. No desaparecerá mientras yo viva y la recuerde cada día. Cuando cierre los ojos aún podré ver su sonrisa y su gesto de afecto y amor incondicional. Una madre está desde siempre, y para siempre.

El Quijote Moderno

Estaban por todos lados. Donde quiera que posara la vista, ahí los veía. 
Una de las consecuencias de tener una imaginación tan potente eran las nítidas imágenes que visualizaba en el interior de su mente cuando se deleitaba en el placer de los libros. Pero no era, ni de lejos, sana la obsesión de aquel muchacho. Sus padres siempre habían presumido orgullosos de la afición de su pequeño por las letras, contaban a sus amigos y vecinos la cantidad de libros de devoraba su hijo. Era conocido por su facilidad de palabra y ortografía en todos los institutos del barrio. Además de apartarle de la vida social, pues apenas se relacionaba con sus compañeros fuera de las aulas, estaba comenzando a dejar de lado los estudios, tal era la cantidad de horas que la lectura le absorbía. No habían sido pocas las noches en las que su madre le había descubierto leyendo a escondidas a altas horas de la madrugada. Lo que se gestaba en la mente del joven iba más allá del control exterior, y pronto, se escaparía incluso del dominio de sí mismo. 
Entre los géneros literarios preferidos de Gabriel se contaban las novelas de terror, crimen y suspense, además de las poesías oníricas de seres fantásticos y mundos alternativos. Este claro antagonismo entre las negras novelas y las blancas obras normalmente le llevaban a leer un libro de cada registro a la vez, de lo contrario sentía una carencia emocional que le afectaba sobremanera. Cuando las estanterías de su habitación se llenaron, sus padres decidieron comprarte un ebook, y pese a la inicial negativa del joven bajo el argumento de su preferencia de libros físicos, aquel aparato suponía una inversión que, dado su alto consumo, pronto fue amortizada. Como todo, acabó haciéndose a ello, disfrutaba de la inmediatez de la compra online y cómo en un instante ya estaban disponibles en aquella pantalla divina. 
Cuando el número de páginas leídas por Gabriel supero el centenar de mil, éste comenzó a notar cosas extrañas que nunca antes había experimentado. Al principio eran movimientos que percibía por el rabillo del ojo. Después empezaron a aparecer sombras extrañas donde no debían de estar. Cuando entraron en escena las visiones acosadoras por la calle, los tan vívidos sueños y los misteriosos susurros nocturnos, el chico realmente creyó que era su fin. Pero como suele suceder, las fuerzas del bien tardan en aparecer, y esta vez no iba a ser menos. 

Un día, de improvisto, el árbol sobre el que se recostaba para leer en el recreo susurró su nombre. 
Al principio pensó que era el viento, cuando se repitió lo atribuyó a algún compañero que le estaría llamando, pero no había nadie alrededor. Precisamente iba ese árbol, porque era la zona más aislada y silenciosa del patio. Cuando se dio cuenta de que el sonido procedía del árbol, se levantó y lo miró de frente, buscando el lugar de procedencia, hasta que distinguió lo que parecían ser unos ojos y una boca entre los múltiples pliegues de la corteza del tronco. El mensaje que le transmitió aquel ser fue claro y conciso: le advirtió de los peligros que le acechaban y que él ya había notado, y le propuso una única solución, un hechizo que encontraría en el pasillo 29 del tercer ala de la biblioteca municipal. Tras esto, sus rasgos se difuminaron y se perdieron entre las rugosidades de la corteza.
 Según terminaron las clases, que se le hicieron interminables por la tensión que tenía acumulada y los nervios que ello implicaba, se dirigió directamente a la biblioteca sin pasar por casa. Cuando se ubicó en la gigante estancia y encontró el corredor indicado, buscó entre los numerosos libros aquel que llamara más su atención, y descubrió un libro raído pero que denotaba calidad en los materiales de fabricación. Alcanzó a cogerlo y pudo ver que se titulaba ‘Tratado sobre Alfarería’, pero cuando lo abrió, en la primera página encontró explicaciones detalladas de los seres oscuros que le habían estado acosando, y en letras doradas pudo leer “sólo tras un dominio total de la literatura sombría, se pueden vislumbrar las criaturas supuestamente irreales que ella contiene”. Aquello fue como un soplo de aire fresco, ya que comprendió la razón por la que sólo él podía ver aquellos seres, y cuando siguió pasando páginas se dio cuenta de que las últimas hojas estaban pegadas y había un hueco recortado en su interior, donde había un pequeño frasquito que contenía una sustancia azul con una etiqueta en la que se estipulaban sus instrucciones de uso: se debían colocar apilados los libros en los que aparecieran las criaturas siniestras, verter el contenido por encima y prenderlo. 
Cogió el pequeño bote, dejó el libro donde lo había encontrado y fue a su casa. Su madre estaba preocupada por lo que había tardado en llegar, y le echó en cara el número de llamadas perdidas que le había dejado, pero Gabriel tenía la cabeza en otro lugar. Realizó una minuciosa selección de los libros y los llevó al jardín, donde, mientras su madre dormía la siesta, realizó el rito indicado en la etiqueta. La llama resultante produjo un fulgor negro que le hizo daño a la vista y le obligó a cerrar los ojos. Se los frotó por el picor que sentía y cuando los volvió a abrir no había nada delante suya, tan solo una oscura inmensidad que le produjo un gran mareo. Al instante se desplomó.
 

Tres días después, en el funeral de 
Gabriel, su madre apenas podía relatar lo sucedido a los apenados asistentes. La autopsia había dictaminado que había fallecido por una intoxicación con los gases nocivos de aquella improvisada fogata. Numerosos libros que fueron sus favoritos en vida se encontraban apilados rodeando su féretro. La adición a los libros se había cobrado una nueva víctima, cuatrocientos años después.

El Eterno Quizás

Quizás debería olvidarte, dejarte en esa parte de mí que conforma mi pasado y no abstraerte a mi mente cuando la melancolía me inunda.

Quizás nunca debí haberte hablado, no haberte visto, no haberte tocado, no haberte besado y deseado volver a hacerlo, quizás así no estaría como estoy ahora.

Quizás me equivoqué cuando te dejé ir, cuando te empujé de mi vida pese a que una pequeña parte de mí se negaba a hacerlo. Quizás fue ese pedazo de mí el que me impedía despedirme de ti, y me obligó a cometer pequeñas locuras en tu nombre.

Quizás si no te hubiera abandonado, nunca me habrías rechazado como lo hiciste después. Ahora es inviable un retorno a ese estado, desgraciadamente lo tengo asumido.

Quizás el dolor que sufrí fue tan solo un mínimo reflejo del que padeciste tú, y créeme cuando te digo que de verdad lo siento, ambos sabemos que jamás quise hacerte daño.

Quizás ahora podrías estar enamorado de mí, y yo de ti, y quizás mi mundo girara en torno a ti, o al menos gran parte.

Quizás esa sonrisa que aunque me cueste reconocerlo me sigue encantando, esa mirada que despierta un cosquilleo en mi estómago, pudieran haberme pertenecido.

Quizás fui un estúpido, quizás lo sigo siendo.

Quizás te quise, quizás te sigo queriendo.

Noches Interminables

¿Conocéis esa sensación de estar encerrados? Pero no físicamente, sino emocionalmente. Esa opresión que muchas veces viene dada por el vacío de sentir que te falta algo. Que no eres lo suficientemente bueno. Que no estas a la altura. Y que nunca lo vas a estar.
 A veces me planteo mi vida en retrospectiva y veo la cantidad de errores que he cometido. Algunos son insignificantes, otros me han hecho aprender, pero todos tienen algo en común: mi debilidad. Todos son grietas de ese muro que es la vida y vamos construyendo día a día, ladrillo a ladrillo. 
Hay días que no tienes ganas de enfrentarte al mundo, sólo esperar la siguiente bofetada del destino con absoluta pasividad, ya que tarde o temprano acabará llegando. Un día más es un día menos, dicen. Pero con un futuro tan negro, en vez de una consolación parece un castigo.
 Hoy me siento encerrado, y lo único que quiero y voy a hacer es tirar la llave al fondo de algún pozo inaccesible y sentir las tinieblas sobre mí.


Amor de Ensueño

Es increíble cómo acciones pequeñas pueden desembocar en grandes resultados. Un simple mensaje, un minúsculo gesto o una efímera mirada pueden desencadenar toda una consecución de sentimientos que se acumulan en el estómago como pequeñas crisálidas y que en un momento determinado se abren y sientes como el resto del mundo desaparece, tan solo sois dos personas, dos corazones latiendo a un mismo ritmo. Entonces recuerdas aquellas interminables noches en las que una lágrima siempre traía otra detrás hasta que el sueño cortaba el grifo a altas horas de la madrugada y creías que tu vida estaba vacía, un hueco que nadie podría llenar. Y ahí estás, con esos pequeños insectos chocando contra las paredes de tus entrañas rogando por salir, haciéndote cosquillas con sus frágiles alas. Cierras los ojos y te sientes en medio del devenir de las olas, que no son más que un colchón sobre el que te meces. Poco a poco la somnolencia va tomando tu cuerpo, miembro a miembro, célula a célula. Cuando recobras de algún modo la conciencia, te hallas ni más ni menos que entre nubes que parecen de algodón y te sientes flotar con absoluta paz y serenidad. De pronto oyes algo, un sonido apenas audible que en primera instancia achacas a tu imaginación, pero que vuelves a escuchar, esta vez con más fuerza y nitidez. El tranquilo ambiente en el que estabas comienza a iluminarse, un resplandor que aumenta gradualmente hasta que te molesta en los ojos, los cuales están cerrados. Al abrirlos lo primero que ves son su ojos. Aquellas reliquias que podrías pasar horas contemplando sin cansarte, las cuales te miran fija y tiernamente, como esperando tu respuesta. Tras volver a cerrar muy fuerte los ojos, los abres definitivamente y al fin puedes contemplar su rostro al completo, su perfecta sonrisa que tanto te enamoró. Ese rostro que es la imagen mental que se te forma al pensar en la felicidad. Es increíble cómo una persona puede darle un vuelco completo a tu vida.

El Alma Oscura

Abrió los ojos. Lo hizo lentamente, pues sus párpados parecían pesar una tonelada. Al quinto intento consiguió mantenerlos abiertos el suficiente tiempo como para vislumbrar aquella luz que destacaba ante el ambiente de oscura penumbra, justo encima de su cabeza. ¿Qué era aquello? ¿Seguía soñando? Ahogó un grito al darse cuenta de que lentamente iba descendiendo en dirección hacia él. Poco a poco aquella esfera cegadora ocupaba más y más su campo de visión, hasta que el fulgor era tal que tuvo que entrecerrar los ojos para seguir mirando. No podía ser fuego, pues no notaba calor. ¿Sería una luz artificial? De ser así, ¿dónde se encontraba? No podía ubicar el momento en el que había llegado hasta allí. Tanteó sigilosamente el suelo que le rodeaba, buscando tocar algo que le ayudara a adivinar en qué clase de lío se había metido. Cuando sus ojos se acostumbraron a la luz, pudo distinguir que se hallaba en un cilindro de cristal cerrado, y la luz no era más que un foco que alguien había bajado con un sistema de poleas. Por más que miraba a su alrededor no veía salida posible, y empezó a inquietarse. En un arrebato de desesperación agarró la lampara con sus manos y lo lanzó con todas sus fuerzas hacia el cristal, que frente al brutal e inesperado impacto, se partió en grandes pedazos, uno de los cuales profirió un largo aunque no muy profundo corte en el brazo del asustado hombre. Tras un grito de dolor, no esperó a que sus captores vinieran a por él y emprendió una huida a toda velocidad sin destino fijo, pues no conocía ni remotamente aquel lugar. Parecía un laboratorio clandestino, y se le pasó por la cabeza que posiblemente en un pasado hubiera sido un hospital u orfanato. Los enrevesados pasillos parecían no conducir a ningún lado, y sus fuerzas iban mermando. Ni siquiera se detenía a intentar vislumbrar el final de los pasillos que cruzaban perpendicularmente su camino, pero uno de ellos le llamó la atención, y no era para menos, ya que doblando la esquina de podía adivinar que había una sala mínimamente iluminada, de la cual procedía un sinfín de chirridos agudos y sonidos metálicos. Harto de correr sin parar teniendo la sensación de de estar haciendo el mismo recorrido una y otra vez en círculos, se aproximó lentamente por el pasillo. Se apoyó contra la pared de la esquina, y, con cuidado y serenidad, giró la cabeza despacio y pudo ver una puerta entrecerrada de la cual claramente procedía el foco de luz azulada parpadeante. Cogió unas gasas del armario metálico empotrado en la pared y las apretó contra la herida para evitar que sangrara más. Contuvo un grito de dolor cuando terminó de apretárselo y con una mueca de dolor decidió continuar. Pegado a la pared, se fue acercando paso tras paso hacia la puerta, y con cada metro ganado oía más fuerte y empezaba a distinguir los distintos tipos de sonidos que de allí procedían. Sintió un escalofrío que le recorrió toda la columna vertebral, erizando cada vello de su piel, manteniéndolo en un estado de alerta característico de situaciones peligrosas. Tras dudar varios segundos, y haber cogido una vara de acero que estaba en el suelo, abrió la puerta de un empujón y entró dentro con el arma en alto, dispuesto a cargar contra cualquier ser que allí dentro pudiera haber. Lo que allí vio le dejó paralizado, el pedazo de metal cayó al suelo con un estruendo considerable, pero ni eso rompió el estado de shock del hombre. Pese a los parpadeos de los halógenos del techo y los metálicos ruidos de las cañerías viejas, pudo observar y oír la respiración de aquel ser. Nada más verlo descartó su procedencia humana y animal, al menos de las especies conocidas. El pequeño demonio clavó sus rojos y rasgados ojos de cabra en la cara del hombre, que, asustado por la fijeza e imperturbabilidad de la mirada, no podía romper el contacto visual. Pudo ver todo el mal del mundo en esos ojos, la peor faceta del ser humano, las más crueles aberraciones que habría podido imaginar. Lo que el moribundo hombre no sabía era que tras su muerte en el quirófano, los caminos del infierno no eran como pensaba, como se los habían relatado. Todo aquello eran tan real para él como el resto de su vida, no dudaba de la veracidad de lo que sus ojos veían. Tras otro súbito escalofrío, intento dar la vuelta para salir corriendo de allí, pero unos grilletes le sujetaban los tobillos. Cerró los ojos en un esfuerzo por soltarse del metal que se aferraba a su piel y no le dejaba moverse, y cuando volvió a abrirlos se detuvo en su empeño, pues ante él había aparecido una gran lona blanca sobre la que se estaba proyectando lo que parecía ser una grabación casera. Uno tras otro aparecieron recopilados en cinta cada una de sus malas acciones que había realizado durante su vida, como si aquel ser los hubiera estado filmando, aunque él no se diera cuenta de ello. Cuando la proyección pareció llegar a su fin, el hombre se mostraba impasible, ni una sola lagrima, ni un solo remordimiento por tanta maldad cometida asomaron por su faz. El ser hizo una mueca que podría haberse interpretado como una sonrisa de aprobación, y la sala se fundió negro para siempre.

La Espera Sin Fin

El niño y la niña miraban por la ventana. Ambos esperaban ver a sus padres aparecer. Ella llevaba ese vestido rosa que tanto la gustaba ponerse en su cumpleaños, la hacia sentirse una princesa. Él llevaba los mismos harapos de siempre, quizás con alguna mancha o descosido más. Estaba claro que pertenecían a mundo distintos, la niña vivía en una vivienda unifamiliar con un amplio jardín junto a su adinerada familia, y el niño vivía en una vieja casucha que parecía que en cualquier momento se iba a caer sobre su cabeza. Ella lloraba cuando la obligaban a comerse las verduras, él lloraba cuando su madre, conteniendo las lagrimas, le decía que no tenía nada para darle. La niña esperaba que su padre la trajera la última moda en muñecas inteligentes, el niño aguardaba por lo que su padre hubiera podido coger del contenedor de basura situado detrás del supermercado. Aquellos hombres no tenían nada que ver el uno con el otro, eran polos opuestos, jamás habrían mantenido una conversación, y mucho menos, una amistad. Pero el camino de ambos se cruzó por primera y última vez ese día. Era hora punta en una de las calles más transitadas de la ciudad, y en un momento determinado, en tan solo un segundo, el pobre hombre miró asombrado la elegancia y el porte que su homólogo desprendía. A la par, éste posó sus ojos en las ropas del paupérrimo hombre con gesto de desaprobación, y entonces sucedió. Uno de los muchos coches que se enfilaban aparcados al lado de la vía de paso justo al lado de donde se encontraban en aquel momento emitió un agudo y estridente sonido que hizo que los hombres se llevaran las manos a sus doloridos oídos. Acto seguido explotó en una gigantesca llamarada que absorbió todo a su paso en el rango de varios metros, engulléndoles por completo junto al cuartel de la policía local. Tras varias horas, la niña y el niño no comprendían qué les había sucedido a sus papás, por qué les habían abandonado, por qué se habían esfumado en la nada, ¿Habrían hecho algo mal? ¿Ya no les querían? ¿A dónde habrían ido? ¿Querrían ahora a otro niño más que a ellos? ¿Qué sería de ellos ahora? Tantas preguntas y tan pocas respuestas.

El Cruel Amante

¡Dios mío! ¿Qué ha sucedido? No puede ser… no, me niego a creerlo. Semejante atrocidad no puede haberme sucedido a mí. Siempre tengo presente la voz de mi madre recordándome que sólo hay dos tipos de personas, las buenas y las malas, y yo, después del estricto camino de acciones desinteresadas, palabras amables y sentimientos puros, me clasifico sin dudarlo en el primer grupo. Y no es que nunca haya hecho algo mal o la tentación me hubiera llevado a hacer algo de lo que me arrepienta, pero siempre he sabido enmendar mis errores, de sobra además. Por todo esto no logro comprender por qué yace mi mujer en mis brazos, ella, mi compañera hasta el final, esa persona a la que juré, y no en vano, amor eterno. Sus mejillas aún están coloradas, y sus manos están frías. Beso sus labios, pero no noto que ella me corresponda, aquello es demasiado artificial como para hacerme sentir algo. La amo. Estoy enamorado loca y perdidamente de ella. Nunca me había sentido tan unido a alguien, nos entendemos y respetamos, no podría existir mejor relación. Pero desde hace unos años, ella tiene un amante. Ambos lo sabemos, y no podemos hacer nada para cambiarlo. Ella no puede dejar de verle, él no la dejaría. Incluso cuando yo estoy con ella, noto su presencia. No entiendo por qué ha elegido a mi mujer. Es obvio que es la persona más maravillosa del universo, en caso contrario nunca me habría unido a ella en matrimonio. Pero él no la quiere, no como la quiero yo, solo busca aprovecharse de ella, absorber su fuerza vital para sí mismo. Cada noche antes de dormir le pido al cielo que la deje en paz, que se vaya de nuestras vidas y no vuelva jamás. Estos últimos meses han sido un infierno, tanto para ella como para mí. Ver como el ser que más amas en el mundo va desvaneciéndose poco a poco, vaciándose con cada exalación. Es muy duro, no se lo desearía ni a mi peor enemigo. Son las 5:42 de la madrugada y mi mujer se ha ido con su amante para siempre. Tan solo me dio un pequeño mensaje antes de fugarse, un tímido y susurrado “te quiero”, tras el cual emprendió su camino sin retorno con aquel intruso. Pese al aparente optimismo de los médicos, yo veía venir que esto podría suceder, el cáncer pocas veces deja ir a sus amantes.

La Mejor Actuación

Damas y caballeros, bienvenidos al mundo de la ilusión, donde lo que parece ser, resulta no serlo. Un lugar gobernado por el engaño, la falacia y la manipulación, con el objetivo del deleite de esa persona que tan amablemente coleccionó nuestros deseos e inquietudes, y tras pasarlos por la trituradora de su perversión, nos echó en la cara los pedazos residuales. Sí, podría dar un nombre falso, pero no será necesario ya que tú, sí tú, que lees este texto sin ninguna pretensión aparente, ya has formado sin quererlo una imagen en tu cabeza, un rostro y una sensación de desasosiego y rencor de aquel ser que te rompió. A veces son acciones, otras sólo palabras escritas en un mensaje más afilado que una daga, que con cada letra desgarra un poco más tu corazón hasta que toda esperanza se escurre fuera de él, como si nunca hubiera pertenecido a su interior. Hoy estamos aquí para rendir homenaje a toda esa gente que con el alma vacía y los párpados acartonados se rindieron y de un plumazo borraron efímeramente el dolor que les oprimía por dentro, aunque el cruel resultado fuera el regreso de éste como si de una ola se tratase, ahogando cualquier hálito de vida hasta que tu cuerpo descasaba en el fondo de una espesa mezcla de sentimientos escarlata, miedos bermellón, sueños carmín y pasiones rubí.

(Se baja el telón).